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«UNA MEZCLA PERFECTA ENTRE CÓMICS, GÉNERO NEGRO Y SERIE B. ¡El TWIN PEAKS DE LOS BLOGS!»

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miércoles, 21 de enero de 2009

Elegía roja: Un haiku en viñetas



Elegía roja, el manga de Seiichi Hayashi editado en España por Ponent Mon, es hijo de su tiempo... Escrito entre 1970 y 1971, le pasa lo mismo que a la Valentina de Guido Crepax: la influencia del cine de la Nouvelle Vage en general, y muy particularmente de las películas de los años 60 dirigidas por Jean-Luc Godard, es tal que hoy día no puede entenderse descontextualizándolo del momento en que fue concebido.



El protagonista del relato, Ichiro, es un mangaka que desea ser reconocido por su obra, pero para sobrevivir se ve obligado a trabajar igualmente en la industria de la animación aunque su intención sea la de realizar obras de autor a través de las que expresarse como creador. Sus peripecias profesionales se entremezclan con su azorada vida sentimental junto a su novia Shachiko, que comparte con aquel sus alegrías y sus penas, sus ilusiones y sus obsesiones, siendo este el rasgo donde más se aprecia la mencionada influencia de cintas como A bout de soufflé, Pierrot le fou o Vivre sa vie.



El hecho de que el protagonista sea un autor de cómic japonés nos trae a la memoria otro estupendo manga también publicado -algún día habrá que hacer recuento y agradecer la labor de esta editorial por poner a nuestro alcance determinados autores y obras- por Ponent Mon: Diario de una desaparición. Pero allí donde Hideo Azuma optaba por la autobiografía más o menos explícita cargada de apuntes costumbristas que no dejaban de lado un agradecible sentido del humor, Hayashi opta aquí por construir un discurso poético, que prescinde por momentos de toda solución de continuidad, y que apuesta por apelar a las emociones más subsconscientes del lector.



De esta forma, Elegía roja se convierte en una suerte de haiku visual en el que los protagonistas aparecen apenas esbozados, como marionetas que se mueven libremente en un universo propio poblado por referentes sacados del cine de animación o la publicidad de la época... Otro elemento que recuerda a la mencionada obra capital de Crepax.



Por todo ello Elegía roja, para la percepción de algunos lectores de hoy, habrá envejecido
mal, pero si sabemos retrotraernos al momento en que fue concebida, puede disfrutarse y mucho de su exacerbado lirismo. Allá cada cual con las posibilidades y las características intrínsecas de su propia sensibilidad.


Título: Elegía roja
Autor: Seiichi Hayashi (guión y dibujo)
Editorial: Ponent Mon
Fecha de edición: octubre de 2008
232 pp. (b/n) - 15 €

martes, 20 de enero de 2009

Bodrios que hay que ver: Ola de crímenes, ola de risas

Hoy intentaré ser breve, porque cargo con un cabreo monumental y no estoy para tonterías. Y es que he tenido la desgracia de ver, además después de años de espera, una de esas películas que con el paso del tiempo van ganando un prestigio a todas luces inmerecidísimo, fruto del renombre de sus principales artífices o de las sustancias psicotrópicas que suela consumir el crítico de turno, según sea el caso.



Solo así se explica los comentarios positivos vertidos sobre Ola de crímenes, ola de risas, una película de la cual un servidor llevaba años detrás, y ahora que la he alcanzado me pregunto que pa'qué tanto correr.



Detrás de este simpático a la par que absurdo título español se esconde el mucho más escueto y serio Crimewave, y por una vez y sin que sirva de precedente esa costumbre tan hispana y castiza de retitular a tontas y a locas las películas hace justicia al verdadero contenido del film, pues una película como esta solo se merece un título tan estúpido como el que le tocó en suerte.



Pero vamos a lo que vamos: cuando arranca esta producción de 1985, el espectador es testigo de cómo el héroe de la función, que tiene un nombre tan ridículo como Vic Ajax, va a ser electrocutado en la silla eléctrica. En los últimos minutos de su vida, es el propio Vic quien le contará a los guardias que le custodian la sucesión de hechos que lo han llevado a tan fatal situación...



Así pues, Crimewave está construida como un gran flashback que nos revela... nada, o casi nada. El relato es una historia de equívocos en el que el dueño de la empresa de sistemas de segudidad donde trabaja Vic planea asesinar a su socio, y para ello contrata a dos exterminadores para que lleven a cabo el crimen en cuestión. El espectador reconocerá enseguida a los dos matarifes como salidos de sendas películas capitales de la ciencia ficción de los 80: uno es el malogrado Brion James, el primer replicante de Blade Runner; el segundo es Paul Smith, el bestial Rabban de Dune.



Y hete aquí que a partir de ese momento la historia se convierte en una ristra de malentendidos, persecuciones y confusiones que llevan a que varios personajes vayan cayendo como moscas a manos de los exterminadores en cuestión, mientras Vic intenta conquistar al amor de su vida, en una sucesión de hechos tan vertiginosa que llevó a la crítica de medio mundo a evocar en vano, a blasfemar me atrevería a decir yo, el nombre de Tex Avery, el genio que estaba detrás de los dibujos clásicos de la Warner.



Sí, es posible que el director se inspirara en los enfrentamientos entre Bugs Bunny y Elmer Gruñón, o entre el Correcaminos y el pobre Coyote... pero de ahí a decir que el resultado está a la altura de lo mejor de Avery va un mundo. ¿Y quién es el director?, se preguntarán ustedes. ¿No se lo preguntan? Pues me da lo mismo, yo voy a contestarles igual: el sujeto detrás de la cámara no es otro que Sam Raimi, futuro director de Darkman y de las tres películas de Spider-Man, de las reinvidicables Un plan sencillo y Rápida y mortal, de la fallida Premonición y de Entre el amor y el juego, un film de Kevin Costner que siempre me he resistido a ver. Téngase en cuenta que este es el segundo largometraje de Raimi, filmado a mitad de su trilogía The Evil Dead, esa misma que le dio la fama, que se ganó adeptos tan célebres como Stephen King y que le abrió las puertas de Hollywood.



Pero si hoy en día se sigue hablando de Crimewave, posiblemente sea porque el guión corre a cargo del propio Raimi... y de los mismísimos Joel y Ethan Coen, colegas del director por aquel entonces -recuerden que a Raimi se le pudo ver en breves cameos en Muerte entre las flores y El gran salto-, y de los que ya he dicho en alguna ocasión que, lamentablemente (para mí, claro, a ellos les da bastante igual), no comparto su sentido del humor: mientras sus películas policiacas me entusiasman, títulos como la citada El gran salto, la aplaudida El gran Lebowski o la mediocre Ladykillers no acaban de convencerme.



Si les pasa a ustedes lo mismo, no pierdan el tiempo con Crimewave: el humor absurdo es el habitual de los Coen, pero peor dirigido, y con unos chistes sin gracia y unas interpretaciones que rozan la vergüenza ajena. Así pues, todos estos años de espera no han valido la pena, y no creo que sea porque las expectativas fueran altas, porque la verdad es que me lo olía de lejos, sino porque, pese a quien pese, la película es un truño de mucho cuidado. Menos mal que el DVD estaba saldado y solo me costó un euro...



Nota benne: Por supuesto, siendo un film de Raimi, no pueden faltar a la cita el actor Bruce Campbell, fetiche del realizador, y su hermano Ted Raimi; y también participan los propios hermanos Coen como los periodistas presentes en la escena de la silla eléctrica y una apenas entrevista Frances McDormand como una más de una silenciosa congregación de monjas que han hecho voto de silencio (!). Quién les iba a decir por aquel entonces a los hermanitos y a su esposa-cuñada que iban a ganar unos cuantos Oscars por No es país para viejos y Fargo...

[Fotografía 8.ª: Sam Raimi (dcha.) en Muerte entre las flores, de Joel & Ethan Coen.]

lunes, 19 de enero de 2009

Niles & Templesmith, o el cómic de terror de hoy



Pese a lo que pueda hacer intuir el título de esta nota, las líneas siguientes no versarán sobre el cómic 30 días de noche ni sobre ninguna de sus igualmente exitosas secuelas, sino sobre otros trabajos de Steve Niles y Ben Templesmith, los autores cuya unión dio a luz uno de los clásicos contemporáneos, pese a quien pese, de la historieta de terror contemporánea.



Como rasgo representativo de su importancia -más allá de la alta o baja calidad de sus distintos trabajos- en el género hoy en día, Steve Niles se ha convertido en una presencia fija dentro de la serie Made in Hell, la línea de cómic de terror dentro del catálogo de Norma Editorial. En esta tanda de títulos hemos podido leer las desventuras de Cal McDonald, el protagonista de Criminal Macabre, así como sus colaboraciones con el músico y cineasta Rob Zombie (Bigfoot y El clavo), Lurkers, la interesante aunque arquetípica Freaks of the Heartland y su fallida adaptación de Soy leyenda, la novela de Richard Matheson.



A esta ristra de títulos se suma ahora El despertar de los muertos. Siguiendo con su habitual sana costumbre, Norma publica en un solo volumen la miniserie original Wake the Dead al completo: cinco números que se leen en un suspiro, un dato este que supone al mismo tiempo la mayor virtud de la obra y también su mayor defecto, como explicaremos después.



Steve Niles es inteligente, o al menos lo parece en esta ocasión, y consciente de que una adaptación fidedigna de Frankenstein o el moderno Prometeo, la novela de Mary W. Shelley, poco podía aportar de nuevo no ya al género sino al gran número de revisitaciones de la misma (sin ir más lejos, en la misma Made in Hell nos encontramos con el Frankenstein de Martin Powell y Patrick Olliffe), ha optado por actualizar -aunque con muy pocas variantes- el argumento del libro original llevando la acción a nuestros días.



Pero aunque Niles es inteligente, no es tan inteligente como debiera, y no consigue darnos gato por liebre: el lector aprecia enseguida que el cambio de época no es suficiente para actualizar verdaderamente -nótese que subrayamos el término- la historia escrita por Mary Shelley, desde hace décadas todo un clásico de la literatura universal y título clave sobre el concepto del Hombre que juega a ser Dios y acaba pagando por tan altas pretensiones.



Y es que El despertar de los muertos podría haber sido publicada tanto hoy como hace veinte años, y como decíamos ahí mismo radica su carencia y su más alto logro: Clive Barker dijo en su día que, cansado de que los cómics de terror volvieran una y otra vez sobre la misma estructura de las historietas clásicas de EC Comics (esto es, el relato cargado de moral y el final sorpresa que a fuerza de constancia dejó de serlo), intentaba con la línea de cómics surgidos de su Hellraiser (libro y film) renovar todo cuanto pudiera el género. Pues ahora, precisamente, de El despertar de los muertos se agradece precisamente lo contrario: su apuesta por viejos esquemas con los que disfrutamos aquellos lectores nostálgicos de tebeos de antaño.



Y hablando de antaño: por su parte, el trabajo gráfico de Chee recuerda, en sus momentos más inspirados, al del maestro Bernie Wrightson -no en vano este fue quien hace años adaptó en espléndidas ilustraciones a toda página la novela original-, que en su etapa con la factoría Warren realizó algunos clásicos de la historieta corta del género. El dibujo de Chee nos retrotrae aquí a una etapa dorada del cómic de terror, que como bien explica en su divertido prólogo Michael Dougherty podría volver ahora después de algunos lustros de sequía.



Así, El despertar de los muertos es un relato de horror descarnado, con apuntes gore y la inevitable moraleja final -algunos hablarán de moralina, aunque qué quieren que les diga, también podríamos encontrarla en la novela que lo empezó todo-, que se lee con avidez pero que se puede olvidar al poco rato de concluida la lectura. Allá cada cual según el interés que tenga en el género; un servidor, por si sirve de algo, disfrutó mucho de un buen rato de lectura. Y ya se avecina la adaptación cinematográfica...



Otro nombre que sonará a los lectores habituales de Made in Hell es el del dibujante (y, en ocasiones, autor completo) Ben Templesmith. El autor cuyo reconocible estilo gráfico dio a 30 días de noche buena parte de su fuerza que tanto impactó en miles de lectores ha seguido explorando su talento, también con mayor o menor fortuna, en títulos como el citado Criminal Macabre, Manchada de sangre, Singularity 7, Silent Hill: Muriendo por dentro o, ya fuera de la línea de terror, el espléndido Fell escrito por Warren Ellis, este por cierto uno de los mejores trabajos de Templesmith como dibujante, donde deja de lado su habitual confusión pictórica y consigue narrar más correctamente sin perder su estilo propio.



A estos títulos se ha sumado recientemente Shadowplay, aunque en este volumen la intervención de Templesmith convive con las de otros autores: el cómic, maquetado a modo de número doble, con dos portadas y que puede leerse empezando por cualquiera de sus lados, incluye sendas historias autoconclusivas, ambas protagonizadas por vampiros: la dibujada por Templesmith está escrita por Amber Benson y lleva por título "Pinwheel, el blues del diabólico padre John", y se trata de un relato de iniciación donde confluye el subgénero de las historias de chupasangres con las narraciones sobre la infancia cargada de picaresca, al modo de Huckleberry Finn u Oliver Twist.



En cuanto al otro relato, "Desviación", está escrito por Christina Z e ilustrado por Ashley Wood (Lore, Popbot), y su argumento, cargado de sexualidad vinculada al Horror, nos recuerda a la literatura del citado Clive Barker en general y a su estupendo cuento Jacqueline Ess en particular.



Como podrán suponer, el relato de Benson es el más arquetípico, mientras que el de Christina Z supone el más renovador (dicho esto con todas las reservas posibles). Y cabe añadir, por cierto y al respecto de esta última historia, que el trabajo gráfico de Wood, siempre tan personal como muy reconocible, supone para el que esto escribe lo más interesante del producto y gana por goleada al bueno de Templesmith. Si no, presten atención a las cuatro portadas de Wood reproducidas en el interior, al final de su historia...



Para los fans de Ben Templesmith a los que Shadowplay les sepa razonablemente a poco, y sobre todo para los interesados en su trabajo como autor completo, no deberían perderse la estupenda, divertida e irreverente Wormwood. Putrefacto caballero, un cómic que no hay que confundir con Chronicles of Wormwood de Garth Ennis (editado por Glénat) y del que Norma ya publicó el primer volumen, Pájaros, abejas, sangre y cerveza, hace unos meses.



La segunda entrega de la serie, Solo me duele al mear, recopila los números 5, 6 y 7 de la edición original, así como el volumen único Wormwood: Gentlemen Corpse, y reincide en las características del primer número español: "muertos vivientes, armas grandes, litros de alcohol y chicas ligeras de ropa", dijimos entonces, elementos a los que se suma ahora un leprechaun libidinoso que morderá al protagonista obligándolo a viajar a su mundo para lograr sobrevivir a una muerte segura.



Nada nuevo bajo el sol, pues, aunque eso es precisamente lo que buscarán los seguidores de un personaje, como ya dijimos en su día también, cínico y cafre, un antihéroe muy en la línea del Midnighter de WildStorm escrito por Garth Ennis, John Constantine de Hellblazer o el mismísimo Lobo, el último czarniano, sin olvidar a personajes de Marvel como Lobezno o el Castigador... este en versión de Garth Ennis, por supuesto; y es que, posiblemente, sea el trabajo del guionista irlandés el que más ha influido, para bien o para mal según sus admiradores o detractores, en este Wormwood de Ben Templesmith, otro nombre clave de la historieta de horror actual.


Título: El despertar de los muertos
Autores: Steve Niles (guión) / Chee (dibujo)
Editorial: Norma Editorial
Fecha de edición: noviembre de 2008
128 páginas (color) - 12 €

Título: Shadowplay
Autores: Amber Benson & Christina Z (guión) / Ben Templesmith & Ashley Wood (dibujo)
Editorial: Norma Editorial
Fecha de edición: agosto de 2008
104 páginas (color) - 11,50 €

Título: Wormwood. Putrefacto caballero (Vol. 2: Solo me duele al mear)
Autor: Ben Templesmith (guión y dibujo)
Editorial: Norma Editorial
Fecha de edición: agosto de 2008
120 páginas (color) - 12,50 €

domingo, 18 de enero de 2009

Intérpretes Marvel

Hay movimiento en las adaptaciones cinematográficas más inminentes de los cómics Marvel. Para empezar, ya hay actriz designada para interpretar a la ambigua superheroína y espía Viuda Negra en Iron Man 2, que como el primer film vuelven a dirigir Jon Favreau y protagonizar Robert Downey Jr. y Gwyneth Paltrow...



La actriz en cuestión es Emily Blunt, vista en El diablo viste de Prada, La guerra de Charlie Wilson o la inédita y curiosa Wind Chill, y a la que pronto veremos en The Wolf Man junto a Benicio del Toro y Anthony Hopkins. Y si atendemos al look que se gastaba en El diablo viste de Prada, no nos parece una mala elección para encarnar a una Natasha Romanoff de carne y hueso.



Y si Emily Blunt causa alta en el film, el actor que podría causar baja, después del mutis por el foro de Terrence Howard (que será sustituido por Don Cheadle en la piel de Jim Rhodes, alias Máquina de Guerra) y al igual que aquel también por motivos económicos, sería Samuel L. Jackson en la piel de Nick Fury. En la primera entrega, el director de la agencia Shield aparecía solo a modo de cameo en una secuencia post títulos de crédito, pero en el nuevo film debía de tener más protagonismo para ir preparando el camino para la película sobre Los Vengadores, un título posterior al Thor (2010) de Kenneth Branagh y a El Capitán América (2011) de Joe Johnston.



Por cierto, ya tenemos villanos para Iron Man 2: el siempre espléndido Sam Rockwell (El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford) y el recuperado Mickey Rourke después de su triunfo con The Wrestler. Y se rumorea que Tim Robbins podría ser Howard Stark, el padre de Tony Stark, en los pertinentes flashbacks...

sábado, 17 de enero de 2009

Las recomendaciones del sábado



Cómic:
LA EDUCACIÓN DE HOPEY GLASS
Jaime Hernandez
(La Cúpula, 2008)

Hopey, la inseparable compañera de Maggie, comienza a trabajar como ayudante de una profesora de educación infantil; mientras tanto Ray, ex novio de Maggie, intenta reconducir su vida sentimental junto a Vivian, una aspirante a actriz... Después de haber disfrutado de
Locas, los seguidores del universo de Love & Rockets -todavía hoy uno de los puntos álgidos del cómic independiente norteamericano- de Jaime Hernandez están de enhorabuena: este volumen recoge dos de sus historias, a su vez fragmentadas en relatos más cortos, y ha sido saludado por la crítica como uno de los mejores cómics del 2008. Indispensable.



Ilustración:
FULL METAL ALCHEMIST
Hiromu Arakawa
(Norma Editorial, 2008)

Si Mazinger Z supuso la introducción del manga y el anime en España, Dragon Ball su consolidación como producto de éxito y Akira el primer aplauso rendido de la crítica y los lectores, hoy en día son Naruto, Bleach y Full Metal Alchemist las series que llevan a miles de adolescentes que no leen ninguna otra cosa a asistir fielmente cada mes a su librería más cercana. Este artbook es el lógico fruto del triunfo de esta última, y viene a ser un regalo de lujo para cualquier otaku que se precie.



(De: El Periódico de Villena, n.º 163, 16-I-2009).

viernes, 16 de enero de 2009

Viajando de Appaloosa a Barcelona

Hemos podido disfrutar recientemente y en versión original de los últimos trabajos como directores de los también actores Woody Allen y Ed Harris -el primero, ya un veterano realizador y guionista, el segundo recién dirigido su segundo film-: Vicky Cristina Barcelona y Appaloosa.

De ambos títulos, de la siempre reivindicable V.O. y de la polémica descarga de archivos en la red, hablamos en la columna de Abandonad toda esperanza de hoy:

V.O.

jueves, 15 de enero de 2009

Yo, Fatty: Auge y caída del payaso gordo



Como le sucedió a muchos cinéfilos, la primera vez que oí hablar de Roscoe 'Fatty' Arbuckle fue en la vorágine de historias oscuras, a veces divertidas a veces deprimentes, y todas ellas reales, que el pope del primer cine independiente norteamericano Kenneth Anger recogía en los dos volúmenes de Hollywood Babilonia, una obra capital para conocer los entresijos de la Edad Dorada de Hollywood, las bambalinas de un mundo de oropel consagrado a la adoración de la apariencia.



Por supuesto, Fatty Arbuckle no aparecía en las páginas de Hollywood Babilonia gracias a su talento para la comicidad física, tan importante en el cine silente, aunque sin duda la tenía: el tiempo había sido cruel para con su legado, y la enorme fama de la que disfrutó en su día había quedado dilapidada por otros genios del celuloide mudo, como Harold Lloyd, Stan Laurel y Oliver Hardy, o no digamos ya Charles Chaplin y Buster Keaton. Si este actor era convocado por Anger era debido a que protagonizó el que se ha venido a considerar el primer gran escándalo de la historia de Hollywood: en 1921 fue acusado de violar y asesinar a otra actriz, mucho menos popular, del momento, de nombre Virginia Rappe. Una violación que se llevó a cabo con una botella de champagne.



El juicio se saldó con la absolución de Arbuckle por parte de un jurado unánime, que tuvo en consideración que lo que un torpe y poco acertado Fatty intentaba era reanimar a una Virginia Rappe enferma y ya próxima a la muerte; pero, claro está, para la sociedad bienpensante del momento su nombre estaría asociado ya para siempre a un hecho tan lamentable y a una hipótesis harto repudiable. La antes meteórica carrera profesional del obeso intérprete estaba abocada al desastre.



El escritor y guionista Jerry Stahl ha decidido hacer justicia (poética) a Arbuckle y por eso ha escrito este estupendo Yo, Fatty, que editaba hace unas semanas Anagrama. Stahl conoce el otro lado de la cámara -ha escrito guiones para cine y sobre todo televisión, participando en series como Luz de luna, Alf, Twin Peaks, Doctor en Alaska o CSI-, así como el lado oscuro de la condición humana: el libro autobiográfico Permanent Midnight, llevado al cine con Ben Stiller, lo deja bien patente. Además, sus comienzos en el séptimo arte pasan por la sórdida (al menos para los bienpensantes que crucificaron a Fatty) experiencia de escribir los guiones de dos producciones X de hálito fantastique, Nightdreams y Café Flesh, a comienzos de los años ochenta. Por tanto, este colaborador de Esquire, LA Weekly y Playboy parecía a priori una firma autorizada para resucitar a Arbuckle...



Pero al menos a un servidor nada podía hacerle presumir el espléndido talento literario del que Stahl iba a hacer gala: el autor construye su opera a mayor gloria de Fatty Arbuckle recurriendo al recurso literario del manuscrito encontrado, al modo del Cide Hamete Benengeli del Quijote de Cervantes, y así pone la narración de la vida y milagros de Arbuckle en boca del propio actor, un ser mórbidamente gordo que vivió el rechazo de su padre, el fundamentalismo religioso de su madre... y un éxito arrollador basado en la comicidad de su repudiable condición física.



A lo largo de las más de trescientas páginas de este espléndido libro, conoceremos los primeros pasos en el mundo del espectáculo de su protagonista, que triunfó pronto en el vodevil, para pasar acto seguido a engrosar las filas de las estrellas del cine mudo de la mano de Mack Sennett. Aunque hoy resulte complicado el tenerlo en cuenta, en la segunda década del siglo XX Fatty Arbuckle era más popular que Chaplin -con el que mantuvo una relación menos amigable que con Buster Keaton, su amigo incluso en los momentos más difíciles-, y fue el primer actor cinematográfico que cobró un millón de dólares. Pero su adicción a las drogas primero, y el lamentable episodio con la señorita Rappe después, pusieron punto y final a la mejor etapa de su vida y con ella a un período tan glorioso como tenebroso de la historia del cine.



Yo, Fatty se ha ganado los merecidísimos elogios de la crítica y de miles de lectores de todo el mundo, a los que ahora se pueden sumar los españoles. Entre los más rendidos admiradores del libro se encuentra el actor Johnny Depp, conocido seguidor de los aspectos más siniestros de la cultura popular, y que ya se encuentra enfrascado en la producción de una adaptación del mismo. La película resultante tendrá su interés, sin duda, pero perderá una de las bazas del libro: el estilo de su autor, preciso y afilado, como el de la mejor novela negra, como el de la mejor narrativa a secas. Y es que estamos ante el primer gran libro leído en este 2009, aunque haya sido publicado a finales del año anterior. No se lo pierdan.


Yo, Fatty
Jerry Stahl
Barcelona, Anagrama, 2008
320 pp. - 20 €

miércoles, 14 de enero de 2009

La vida íntima de Jeffrey Brown (y la de su gata)



Liberado por fin de su proyecto, hoy ya concluido, y que a la postre ha sido considerado como la llamada "Trilogía de las novias" -que integran las obras Torpe, Inverosímil y Cualquier sencilla intimidad, todas ellas editadas como los libros que nos ocupan ahora por La Cúpula-, Jeffrey Brown ve cómo su bibliografía en español ha aumentado recientemente con otros dos títulos, recomendabilísimos ambos -aunque con diferencias de matiz- para los fieles seguidores del cómic independiente norteamericano, especialmente del tan traído y llevado slice of life.



Capital para entender el particular mundo de su autor resulta ser Pequeñas cosas, un libro que viene a ser, como su propio subtítulo indica, unas memorias fragmentadas en las que, pese a reincidir en el componente sentimental, trata otros momentos más o menos capitales -y subrayamos lo de más o menos- pero de índole bien distinta provenientes de su experiencia vital, como es el caso de diversos viajes, un accidente de coche o el momento en el que enfermó y tuvieron que extirparle la vesícula biliar.



Como en las tres obras previas, que lo han convertido en un célebre autor que pasó de ser el protegido de Chris Ware a ganarse un lugar propio en el campo de la historieta indie, Pequeñas cosas hace gala del estilo gráfico particularmente reconocible de Brown: un acabado sencillo, casi infantil, que el autor comparte con otros dibujantes; caso de, este todavía más aparentemente descuidado, el de John Porcellino y su Ejemplo perfecto.



Este peculiar modo de dibujar, por un lado, acerca el resultado final de la obra a sus lectores, pareciéndole a estos más inmediato -muchas páginas asemejan estar dibujadas en el mismo momento en el que acontecían los hechos narrados en ellos-; y por otro potencia todavía más los pasajes más dramáticos, impidiendo el distanciamiento y subrayando por contraposición lo que de desagradable puedan tener.



Mucho más particular, aparentemente más accesible pero al mismo tiempo destinado a un tipo de lector que busque algo diferente, es Gato saliendo de una bolsa, obra en la que Brown deja a un lado su protagonismo -salvo en la primera página, a modo de presentación, apenas aparece y nunca se le ve de cuerpo entero, y jamás se le vislumbra el rostro-, cediéndole este a algunos de los felinos con los que siempre ha compartido su vida, particularmente a Misty, que se erige en verdadero personaje central de la obra.



Gato saliendo de una bolsa es una obra minimalista, de escasa acción entendida como tal, y que presta total atención a la vida cotidiana de la gata, vista con la fascinación que pueden despertar actos anodinos a los que un ser humano, en la mayoría de los casos, no encontrará explicación racional alguna o de encontrarla no la compartirá con una raza animal tan particular como la de los gatos.



Alguien dijo una vez que las personas que tienen un gato como animal doméstico no tienen a un gato viviendo con ellos, sino que es el mismo felino el que tiene a personas viviendo con él. Y Jeffrey Brown, por lo que puede verse aquí -y no solo en Gato saliendo de una bolsa, sino también en Pequeñas cosas, obra autobiográfica donde el animal reclama su parte de protagonismo-, a buen seguro comparte esta afirmación.



Título: Pequeñas cosas (Unas memorias fragmentadas)
Autor: Jeffrey Brown (guión y dibujo)
Editorial: La Cúpula
Fecha de edición: agosto de 2008
356 páginas (b/n) - 15 €

Título: Gato saliendo de una bolsa (y otras observaciones)
Autor: Jeffrey Brown (guión y dibujo)
Editorial: La Cúpula
Fecha de edición: diciembre de 2008
116 páginas (b/n) - 15 €