Abandonad toda esperanza

jueves, 27 de agosto de 2009

La guita, vil metal

“Los argentinos no son buenos ni malos: son incorregibles.”
- Jorge Luis Borges



La guita, vil metal
Nueve reinas: Argentina, hoy


En Cinefilia, última novela hasta la fecha de Álvaro del Amo, se contempla la posibilidad de que exista una prodigiosa máquina que permite cambiar los finales de las películas. Dicho artefacto, aunque ficticio, tiene por descontado una base real: ¿Acaso no ejercen la misma función los pases previos al estreno de la película que llevan a cabo en Hollywood, con el fin de acercar todo lo posible el resultado final a la demanda del público?



Aunque desde aquí defendemos la voluntad del director como última palabra sobre el montaje final del film, nadie nos puede prohibir fantasear con dicha posibilidad. Recientemente nos ocurrió con Nueve reinas, el éxito sorpresa del cine argentino hasta que El hijo de la novia (Juan José Campanella, 2001; de nuevo con Ricardo Darín encabezando el reparto) le arrebató el puesto en el podio.



Una vez finalizada la cinta, debut en la dirección del argentino Fabián Bielinsky -hasta ahora director de segunda unidad en varios films, así como co-guionista de La sonámbula (Fernando Spiner, 1998)-, el que esto suscribe no pudo menos que desear tener a mano dicho artilugio para cambiar la conclusión de la trama. Y no se trataría de un cambio drástico: solo con eliminar los dos últimos minutos de la acción, la película nos parecería digna de considerarse una obra maestra. Tal como está, se queda en excelente. Que no es poco, de todas maneras.



Nueve reinas remite inevitablemente, ya desde el comienzo, a filmes protagonizados por hábiles timadores, maestros de la farsa que hacen de su arte una forma de vida. La referencia más socorrida es, por supuesto, El golpe (George Roy Hill, 1973); pero también cabría citar otros títulos de Mankiewicz, como Mujeres en Venecia (1967), El día de los tramposos (1970) o La huella (1972). En la cinta de Bielinsky, Marcos (Darín, simplemente magistral) y Juan (un soberbio Gastón Pauls), dos delincuentes de poca monta que se conocen en un "Abierto 24 horas", recuerdan a las memorables parejas George Harrison-Cliff Robertson, Paul Newman-Robert Redford, Henry Fonda-Kirk Douglas y Laurence Olivier-Michael Caine de los citados filmes.



Pero pese a que dichos antecedentes son más que honorables, y dada la situación que Argentina vive actualmente, el espectador tiene la esperanza de que la historia discurra por vericuetos más originales y, sobre todo, más personales: en este caso, un retrato costumbrista de la sociedad actual de aquel país, donde la estafa es moneda de cambio incluso (nótese la ironía del subrayado) en los estratos más altos de la sociedad y la política. Ese es el camino que parecen indicar algunos pasajes del guión ("Fabricado en Grecia... Este país se va a la mierda", afirma tajantemente Marcos tras leer el envoltorio de una chocolatina robada), así como los personajes secundarios y los ambientes que sirven de escenario a las correrías de estos dos chantas porteños.



La trama del film comienza pronto a girar en torno a unos moldes de sellos rarísimos, las nueve reinas del título, de considerable valor pecuniario, y que -como dijo un crítico tras el estreno de Sangre y vino (Bob Rafelson, 1997)- consiguen que personas de lo más corriente se comporten como personajes escapados de El halcón maltés.



Más avanzada la historia, con la aparición de Vidal Gandolfo -un nombre de marcada resonancia caricaturesca-, un multimillonario gallego inmerso en negocios más que turbios (espléndida la presencia de la trituradora de papel, mientras un especialista comprueba la autenticidad de las placas) que adora Argentina porque allí la gente "está predispuesta para los negocios", tal idea se refuerza: la condición de español, de extranjero, del personaje no es ni mucho menos casual.



La película avanza hacia el final repleta de giros más o menos inesperados... Pero como en tantas ocasiones que los artífices del film esperan sorprender a toda costa, el tiro les sale por la culata: el espectador más avezado se pone de inmediato a la defensiva, y descubre no solo los trucos que la trama esconde, sino algunos que ni siquiera existen. Véase al respecto el reciente caso de Los otros (Alejandro Amenábar, 2001), donde la supuesta sorpresa resulta harto previsible, si bien, por otra parte, y como sucede con la película que ahora nos ocupa, este hecho no consigue empañar del todo las múltiples virtudes del logro final.



Así pues, y volviendo a lo dicho al principio, las secuencias en las que Marcos intenta cobrar el cheque en el banco reventado por los directivos (magnífica resolución, que sigue en la línea de la que parecía la intención inicial de Bielinsky) y un Juan desengañado y derrotado desciende al Infierno a través de la entrada al metro habrían sido un espléndido punto y final, más que coherente con la sociedad que (mal)vive en la Argentina contemporánea.



Pero el último giro, previsible precisamente por querer resultar tan sorprendente, limita las posibilidades de la historia, y reduce momentos anteriores repletos de significado -la bajeza moral de Marcos al someter a su hermana Valeria (Leticia Brédice) a los deseos del mafioso español; el desengaño de Juan ante la elección del niño vagabundo, que prefiere el billete antes que el cochecito de juguete; etc.- a casi nada. Así lo demuestra el empleo de la canción de Rita Pavone en los títulos de crédito finales: un chiste (inteligente, sutil... pero un chiste al fin y al cabo), que remite a un elemento en apariencia secundario, pero que se descubre como una falla de realidad -la canción que Juan no consigue, realmente, recordar- entre tanto teatro, como se suele decir por acá.



Con todo, la película atesora otros elementos de interés, de los cuales el más relevante es el trabajo de Bielinsky tras las cámaras, que no denota los efectismos habituales en el debutante que intenta demostrar por encima de todo que "sabe dirigir" una película, y que se somete a lo mejor de la función (las interpretaciones de la pareja protagonista y los diálogos, en muchas ocasiones soberbios) haciendo gala de un estilo sobrio, elegante, sin excesos exhibicionistas, y apenas subrayado por una partitura musical sin estridencias.



Ahora solo cabe esperar los próximos trabajos del realizador argentino, para comprobar si estamos ante un autor con personalidad, o simplemente ante un sosias argentino de David Mamet, de cuyos films Casa de juegos (1987) y La trama (1997) la película de Bielinsky parece a veces un remake... Un remake magnífico, bien es cierto, pero que pudo trascender esa condición, y convertirse por su retrato de la Argentina de hoy, en algo a todas luces superior a los originales del dramaturgo norteamericano. Lamentablemente, prefirió ser un perfecto mecanismo de relojería antes que un crispado trozo de Realidad.



(Recuperamos este texto que fue publicado por vez primera en el fanzine 5... y ¡acción!, n.º 5, San Vicente del Raspeig, Cine-Club Première, 2002, pp. 13-14. Lamentablemente, el fallecimiento prematuro de Fabián Bielinsky, que solo podría rodar una película más -la estupenda El aura-, echó por tierra las promesas de una más que interesante obra por venir.)

3 comentarios:

mge dijo...

Todavía no termino de entender (si es que hay algo por entender) cómo falleció tan joven. Una de las muertes del mundo del cine que más sentí.

Nueve Reinas y El Aura, una mejor que la otra.

Bbarron dijo...

Magníficas pelis, cierto.

Anónimo dijo...

es una triste metáfora de la historia Argentina: Algo Grande que no pudo llegar a ser...


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