martes, 5 de agosto de 2008

Bodrios que hay que ver: Pesadilla en la playa

Qué mejor para refrescarnos en este durísimo mes de agosto marcado por un calor sofocante que traer a colación en esta simpática sección -toma rima típica de canción veraniega- un bodriete playero y retozón de la talla de Pesadilla en la playa -ahí va otra-, repleto de turistas, fiestas, piscinas, alcohol y adolescentes con las hormonas en ebullición.



Esta producción de 1988, cuyo título original es Nightmare Beach (aunque también se la conoce como Welcome to Spring Break, La spiaggia del terrore o Qué cosa más mala por el amor de Dios), es un film de terror que se mueve durante toda su ejecución (un término muy bien traído tal y como empieza el film, como veremos enseguida) entre el género fantástico y el psychothriller, haciendo dudar al espectador de si el criminal es un fantasma en busca de venganza o solamente el psicópata de turno.



Pero vayamos al principio, que es como mejor se cuentan las cosas, hasta las tontas como esta: el film arranca en el penal del condado, con la ejecución de Diablo, líder de una banda de motoristas que ha sido acusado de la violación y el asesinato de una joven. En la silla eléctrica, y adelantándose en un año al Shocker de Wes Craven, los testigos presentes -entre los que se cuenta la hermana de la víctima, el alcalde de la ciudad, el policía que lo detuvo y el médico forense- ven cómo el malencarado delincuente los maldice y les promete que volverá de la muerte para vengarse.



¿Ven cómo sí que es un tipo malencarado? Pero sigamos: acto seguido, en un acto de gran originalidad, aparecen los títulos de crédito para que las madres de los artífices del film se sientan orgullosas de sus hijos, aunque muchos de los que participaron en este engendro se vieron venir que no era cosa como para sentirse orgulloso, y decidieron esconder su verdadera identidad bajo seudónimo... empezando por el director (pero eso lo veremos más tarde).



Después de los créditos se nos dice que comienza la temporada estival en Spring Break, y un gran número de jóvenes con ganas de conocer mundo (sobre todo a algunas integrantes de ese mundo) viajan hasta la localidad cargados de sus mejores intenciones y un buen puñado de preservativos para no perderse ni un concurso de camisetas mojadas. Entre estos jóvenes se encuentra la pareja protagonista, Skip y Ronnie: el primero es el típico adolescente amargado y con mundo interior que no quiere ligar con ninguna chica, por lo cual le resulta atractivo a todas, mientras que el segundo es el típico adolescente a secas que intenta ligarse a todas, por lo cual todas no le hacen ni puñetero caso.



Pero lo que parecía iban a ser unos días idílicos (al menos para los incautos personajes, pues el espectador ya se imagina que la cosa va a salir regular porque la película que ha alquilado en el videoclub se llama Pesadilla en la playa, y si fuese un musical romántico sería una estafa del quince) se convertirán en una auténtica pesadilla (en la playa) cuando un motorista que oculta su rostro con un casco de motorista homologado empiece a sembrar de cadáveres la ciudad.



La rumorología del lugar, obviamente, dictará que se trata del propio Diablo, que ha vuelto del Más Allá para vengarse; un rumor este que se acrecentará con la desaparición del cuerpo del difunto... aunque los más racionales -entre ellos Strycher, el policía que acabó con la carrera criminal de Diablo- creerán que la banda del susodicho, los Demonios, han robado el cuerpo de su antiguo líder y se dedican a matar a gente en su nombre.



Una de las víctimas del motorista homicida será Ronnie, el típico adolescente a secas, aunque las fuerzas de la Ley tardarán en encontrar su cuerpo. Esto llevará a que lo busque su amigo Skip, el típico adolescente amargado y con mundo interior, acompañado de Gail, la hermana de la chica muerta por la que se ajustició a Diablo, y a la postre la típica camarera pueblerina que desea abandonar el pueblo pero no lo hace "porque no conoce otra cosa" y con la que todos sus clientes quieren ligar para su disgusto, menos el propio Skip y es por ello que es el que consigue llevársela al huerto. Bueno, al huerto no, a la playa.



Básicamente, ese es el argumento del film: por un lado tenemos a una pareja de jóvenes buscando al amigo desaparecido; por otro al siniestro motorista que mata a sus víctimas empleando descargas eléctricas -lo que, claro está, hace sospechar todavía más de que se trata del propio Diablo, asado en la silla eléctrica-; y por otro, a los poderes fácticos de la ciudad: el alcalde, el policía, el médico... y el sacerdote, escandalizado por la conducta indecente de la casquivana juventud que le rodea, su hija incluida. Todos ellos cargos públicos que parecen compartir un pasado que se han esforzado en ocultar.



Por otro lado (sí, son cuatro lados, ¿qué pasa?) nos encontraremos a una larga nómina de personajes secundarios que pretenden alegrar el asunto, y que irán pasando sin excepción por las manos del asesino: un gracioso que se pasa toda la cinta gastando bromas pesadas simulando su muerte para susto de sus congéneres... hasta que lo matan de verdad; una joven que se hace pasar por estudiante de enfermería con problemas económicos para sacarle la pasta a ricachones venidos del Oeste con los que pasa la noche; y el recepcionista del hotel, y voyeur en sus horas libres, que es clavadito al Torrente de Santiago Segura sin sus gafas de sol.



Al final de la cinta descubrimos que el asesino no es Diablo, claro está, sino uno de los personajes secundarios de la cinta (cuya identidad no desvelaremos aquí, con tal de no quitarle al film el poco interés que tenga de por sí)... Esto es algo que sospechábamos desde el principio, porque si no lo del casco opaco no tendría ninguna gracia.



Qué decir del glorioso reparto de la cinta, encabezado por Nicolas de Toth y Sarah Buxton como el adolescente y la camarera típicos. El primero es hijo del director André de Toth, con el cual no tiene casi nada en común: su filmografía como actor es breve y más bien lamentable, al contrario que la de su progenitor, pero a cambio conserva los dos ojos -Toth Sr. era tuerto, lo que en una cruel pirueta del destino le escamoteó disfrutar de los efectos en tres dimensiones de una película suya, Los crímenes del museo de cera con Vincent Price... qué cosas-. A Toth Jr., el tener los dos ojos intactos le ha permitido, dadas sus escasas dotes como intérprete, desarrollar una carrera como montador de filmes comerciales de Hollywood: manejó las tijeras en Pánico nuclear, Terminator 3, Underworld: Evolution y La jungla 4.0, y lo volverá a hacer en X-Men Origins: Wolverine. Por su parte, a la chica parece que le va la playa: después de participar en Ídem de China y Los vigilantes de la ídem formó parte del reparto de Sunset Beach (368 episodios rodó, nada menos), que no sé muy bien lo que es ni me importa, para recaer luego en el purgatorio televisivo: la serie Belleza y poder. En cambio, no ha participado en películas como Secreto en la montaña, Dudley de la montaña o Las montañas de la luna. Definitivamente, la chica es más de playa que de montaña.



Pero las presencias más relevantes del film se cuentan entre los secundarios, con el concurso de tres veteranos en estas lides... Empezando por el grandísimo John Saxon, que ya ha visitado esta sección como el villano trajeado y megalomaníaco de Destroyer (Brazo de acero) y como el villano albino y psicopático de Reto final, y que aquí interpreta al policía Strycher, confirmando que se trata -en palabras del crítico Francisco José Campos- del mejor sheriff hijoputesco de la historia del cine.



Tampoco se queda atrás el igualmente grande Michael Parks, al que vimos la semana pasada como padre de las protagonistas de Caged Fury, y que aquí hace las veces de un médico forense con tendencia a desayunar alcohol demasiado pronto y que vive atormentado por ese pasado oscuro al que hacíamos referencia... algo que lo llevará a suicidarse y por consiguiente a matarse a sí mismo.



Finalmente, Lance LeGault interpreta al reverendo Bates. ¿Quién es Lance LeGault?, se preguntarán muchos de ustedes. Demonios, ¿ya han olvidado al temible coronel Dekker que le hacía la vida imposible a Hannibal Smith y sus chicos de El equipo A, persiguiéndolos incansablemente por todos los Estados Unidos para que pagasen por un crimen que, como todos sabemos, no habían cometido?



Ahora bien, al que no podemos olvidar de ninguna de las maneras es al director de esta joya del cine abisal: detrás del nombre de "Harry Kirkpatrick" que firma la cinta se esconde nada más y nada menos que el gran Umberto Lenzi, una figura clave del cine exploitation italiano, y autor de películas como Orgasmo, Espasmo, Una droga llamada Helen, Siete orquídeas manchadas de rojo, Detrás del silencio... o ese díptico del cine antropófago más casposo formado por Comidos vivos y Caníbal feroz. Por no hablar de La máscara de Kriminal. Y lo de no hablar es porque ya lo hemos hecho antes (véase), y no es cuestión de dar la murga al personal.



Para terminar estas líneas, recordemos que este año el Festival de Sitges le rendirá un ¿merecido? homenaje al gran Umberto Lenzi. Después de ver Pesadilla en la playa, cualquier homenaje nos parece poco. Una estatua le tenían que hacer... Si la tiene Woody Allen en Oviedo, ¿por qué no va a merecerla el autor de La invasión de los zombis atómicos en la pequeña ciudad costera de Barcelona?

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