miércoles, 4 de mayo de 2011

BodyWorld: Ponche de ácido lisérgico



Parafraseando aquello que dijo Stephen King del autor de los Libros de Sangre -"He visto el futuro del terror y su nombre es Clive Barker"-, David Mazzucchelli ha llegado a afirmar: "He visto el futuro de los cómics y su nombre es Dash Shaw". Y no nos olvidemos de quién es Mazzucchelli: aquel que renovó el género superheroico junto a Frank Miller en Batman: Año uno y Daredevil: Born Again, que adaptó junto a Paul Karasic La ciudad de cristal de Paul Auster, y que recientemente ha publicado como autor único la novela gráfica más premiada de los últimos tiempos: Asterios Polyp.


Dash Shaw parapetado tras ejemplares de su última creación


¿Realmente es para tanto? Pues a tenor de lo suyo que hemos podido leer en España... sí. Hace un par de años, Ombligo sin fondo nos pareció -junto con Hablando del diablo de Beto Hernandez- lo mejor del año en cuanto a cómics se refiere, así como la gran revelación de la temporada. Y ahora, co editada por Apa-Apa y Sins Entido, BodyWorld no es sino la confirmación de un autor llamado a hacer grandes cosas. Pero antes de nada, hay que advertir al lector que este obra no es plato para todos los paladares: ni por la historia que cuenta, ni por cómo la cuenta.




Lo que cuenta: el relato está ambientado en el año 2060, en una pequeña localidad estadounidense llamada Boney Borough. Hasta allí llega desde Nueva York Paulie Panther (un nombre aliterativo, como los del resto de personajes, al más puro estilo superheroico tradicional), un botánico depresivo y autodestructivo (con tendencias suicidas) que escribe libros de divulgación científica, con la finalidad de investigar una planta que ha aparecido en los jardines que rodean el instituto del pueblo, y así poder actualizar una guía de alucinógenos naturales. En dicho lugar Panther establecerá una suerte de relación sentimental con una profesora del instituto primero, y con una alumna del centro después. Por su parte, un estudiante convertido en figura del deporte estrella local, y para el que se utiliza una sustancia que también tiene propiedades adictivas, completará el póker de ases del relato urdido por Shaw.




Cómo lo cuenta: escritor ambicioso desde el punto de vista formal tanto o más que desde el narrativo, pero sin que (por lo menos hasta la fecha) el primero haya engullido inconvenientemente al segundo, Shaw -con la colaboración de Chip Kidd, diseñador eminente en este tipo de trabajos- diseña una novela gráfica en formato vertical, opción nada gratuita, pues desde la primera plancha condiciona la composición de las viñetas en la página y cómo estas se suceden hasta alcanzar las cuatrocientas de las que se compone la obra.




Llegado este punto, y en la medida en que afecta a este diseño, hay que señalar que BodyWorld nació como webcomic para ser publicado y leído on line, desde finales de 2007 a comienzos de 2009, y solo posteriormente se ha convertido en una obra impresa... para cuya versión el autor ha realizado algunos pequeños cambios formales. Cabe señalar que dicha publicación inicial le valió a Shaw una nominación a los premios Eisner de 2009 en la categoría de Mejor Webcomic. En cuanto a este diseño, hay que destacar que cuenta con un par de guías de personajes, que más parecen una broma privada del autor que otra cosa (el censo de los mismos no es tan extenso como para que el lector pueda perderse sin él). Otro asunto bien distinto son los mapas que acompañan a la obra, ambos desplegables, y cuya consulta no es necesaria para seguir la historia pero cuyas leyendas de colores sí se corresponden con los tonos básicos utilizados en cada una de las escenas del relato.




Volvamos a lo que cuenta: aunque su arranque parezca más propio de un slice of life tradicional, BodyWorld pronto se revela como un relato de ciencia ficción en toda regla, aunque lejos de las historias high tech o de la space opera a lo Star Wars. No es gratuito que la acción se ambiente dentro de medio siglo, en la medida en que convierte en plausible que exista una planta como la que aparece en Boney Borough, y que proporciona a aquel que la consume una suerte de poderes telepáticos que lo llevan a identificarse con la persona que se encuentre más cerca, a sentir sus emociones e incluso sus impulsos físicos.




Aunque rompedora con el establishment dominante, BodyWorld no supone una novedad radical, y es que la deuda con la memorable Agujero negro es muy grande: no en vano retoma de la obra de Charles Burns el retrato alucinado (y alucinógeno) de los seres humanos en general y de los adolescentes en particular, vinculándolos al consumo de estupefacientes tan querido -al menos narrativamente: véase la reciente Tóxico- por el autor de El Borbah. Pero Shaw lo lleva a su terreno convirtiéndolo en una obra indudablemente personal, donde nada resulta gratuito, y en la que por mucho que exista una planta cuyo consumo permite leer las mentes se vuelve a demostrar que el sentimiento que prima sobre el resto en las relaciones empáticas con nuestros semejantes es el de la incomprensión, y que por tanto el hombre es un marciano (y no necesariamente un lobo) para el hombre.




Y volvamos al cómo lo cuenta: desbordante de creatividad, Shaw convierte algunas páginas en verdaderos atentados contra la sensibilidad (visual, que no artística) del lector, merced al uso de explosiones de color, superposiciones de líneas cuando no de viñetas, o repeticiones de dibujos a modo de aparentes bucles sin fin, elementos todos ellos cuya suma sumerge a todo aquel que lee -esto es, que consume- la obra en un viaje lisérgico de consecuencias quizás imprevisibles. El resultado es una novela gráfica que, como decíamos al principio, no gustará a todo el mundo, pero que merece sobradamente el esfuerzo... Aunque luego haya que desintoxicarse a base de una dieta de cómic mainstream.


Título: BodyWorld
Autor: Dash Shaw (guión y dibujo)
Editorial: Apa-Apa + Sins Entido
Fecha de edición: marzo de 2011
400 páginas (color) - 25 €

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