lunes, 13 de septiembre de 2010

Exilios





Un inmigrante es un exiliado que, la mayoría de veces por voluntad propia y con el fin de lograr algunas mejoras en su vida, abandona su país y se marcha a otro en busca de dichas mejoras. Ese fue el caso de Abú, un natural de Togo que llegó a Bruselas sin saber que allí encontraría el amor. Pero hay otro tipo de exilio: uno interior, psicológico, el de aquel que lo abandona todo y se deja llevar por un cúmulo de situaciones que lo apartan de lo que era su vida, su trabajo, su gente, y lo conducen a un abismo del que muy pocos logran salir. Eso es lo que le sucedió hace varios lustros a Miguel Fuster.



Hay narraciones, más allá de la calidad técnica de su ejecución, que se constituyen en memorables por la crudeza de su contenido, que queda marcado a fuego en la memoria incluso del lector más curtido; más todavía si se trata de un relato autobiográfico, por lo que tiene de confesión sin tapujos. Ese es el caso de Miguel: 15 años en la calle. Porque todo lo que cuenta Miguel Fuster en sus paginas pasó de verdad. Y le pasó a él.



El pasado mes de abril Glénat publicaba con todos los honores que merece un álbum -adelanto ya que de lectura indispensable- del que ya se habían podido ver adelantos en la web del autor. Un autor que vuelve a la narración gráfica después de muchos años apartado de ella, de los cuales una década y media los pasó viviendo como un indigente; a veces la vida te golpea con todas sus fuerzas y uno no es capaz de defenderse.



Quién le iba a decir a dicho autor, allá por la década de los 70, que acabaría malviviendo sin un techo que lo cobijase. En aquella época, la de las agencias de historieta que agrupaban a artistas trabajando por encargo -la tercera generación de autores de la escuela Bruguera, la factoría dirigida por Josep Toutain o el arranque de Norma Editorial-, Fuster era un artista consagrado en el negocio del tebeo, especializado en temática romántica, que después de haber ejercido de aprendiz en la mencionada Bruguera trabajaba a destajo para Selecciones Ilustradas. Fue entonces cuando un cúmulo de desgracias -empezando por la decadencia de dicho sistema de producción y el creciente desinterés por el género que cultivaba, y siguiendo por un fracaso sentimental y la pérdida de su domicilio en un incendio- lo arrojaron al consumo indiscriminado de alcohol, un consumo que ya venía acechándole desde años antes.



Así, Fuster se encontró en la calle, malvendiendo su arte a turistas extranjeros que compraban sus dibujos de toros y bailaores por cuatro perras, y gastándose lo poco que ganaba en cartones de vino que calmaran su dependencia física y su dolor emocional. Hasta que un día cualquiera, unos voluntarios de Arrels, una fundación privada de Barcelona dedicada a ayudar a las personas sin hogar, lo convencieron para que les acompañara. Fue el principio de un duro proceso de desintoxicación y de recuperación de la dignidad que sentía haber perdido para siempre.



Hoy en día, Fuster lleva siete años sin probar una gota de alcohol, y convencido por los seguidores de su trabajo a través de Internet, se decidió a reunir todo ese material acerca de su descenso a los infiernos particular en este Miguel: 15 años en la calle que, como digo, constituye una lectura verdaderamente memorable: el autor parece no sentir vergüenza alguna en retratar sin miramiento alguno la peor época de su vida, y lo hace con una entereza que ya quisieran muchos para sí. Y de su mano el lector le acompaña en mitad de la noche, durmiendo en los parques de Barcelona, con el dolor de la abstinencia siempre presente y el peligro acechándole en cada rincón. Una situación al límite que Fuster vivió al principio con una gran dosis de vergüenza y sin querer aceptar la ayuda de nadie.



Hay que destacar que no estamos ante una novela gráfica al uso, en la medida en que no presenta una narración unitaria. Ni siquiera utiliza los recursos narrativos del cómic en todas sus páginas, pues alterna historieta con ilustración acompañada de textos. Pero tanto da: la sensación postrera del lector es la de un todo compacto y muy elaborado, que se manifiesta en textos de alta densidad dramática e ilustraciones de trazo violento y desgarrado, con un resultado verdaderamente impactante. Una obra, como decía, que nos acompañará durante mucho tiempo después de haber terminado de leerla.



También merece atención una obra como Sofía y el negro, de Judith Vanistendael. Publicada por Norma Editorial en su exquisita colección Nómadas, se trata de un relato también autobiográfico -cuestión sobre la que volveremos enseguida- dividido originalmente en dos partes publicadas en Bélgica con un margen de dos años -en 2007 y 2009-, pero que la editorial española ha optado por reunir en un único tomo.



Esta obra solo le ha traído a Vanistendael satisfacciones, y no solo por ser seleccionada por el prestigioso festival de Angoulême en sus dos últimas ediciones, sino porque es un historia que su autora sentía que tenía que contar, necesitaba sacarla fuera y mostrarla al mundo. Una obra que sin duda responde a las vivencias personales de la propia Vanistendael: bromea acerca de que Sofía y el negro es autobiográfica en un porcentaje del 66,4%, para enseguida confesar que la Sofía titular es su alter ego en la ficción.



Sofía y el negro relata lo que le sucede a Abú, un emigrante togolés, y a Sofía, ciudadana belga, cuando ambos se conocen casualmente en Bruselas: entre ambos surge el amor, pero su relación sentimental chocará contra las trabas legales del gobierno belga y contra la incomprensión de muchos de los que les rodean, empezando por los padres de ella. Curiosamente, y pese a que al inicio la madre de Sofía aparenta ser la más reticente y en el fondo xenófoba del matrimonio, será quien mejor se adapte en contraposición con el padre, al que le costará admitir que su hija tenga un romance con un extranjero de raza negra, y sobre todo que se case con él para facilitar los trámites que le permitan convertirse en un ciudadano belga.



Es precisamente el personaje del padre quien funciona como narrador del relato, un relato que arranca en septiembre de 1994 y que abarcará varios años de la vida de Sofía, pues entre la primera y la segunda entrega hay un vacío temporal en el que la joven se separará de Abú, conocerá a otro hombre, se casará con él y tendrá una preciosa hija. Pero tanto en un período como en el otro, Sofía y el negro se convierte a la postre en una celebración de la vida y de los sentimientos que rehúye todo tremendismo, de forma que los episodios dramáticos -como el de la tortura que sufre Abú- son muy contados y se narran mediante elipsis.



Para el lector español, la posibilidad de leer de un tirón toda la historia le permite no solo disfrutar más de la narración -ahora sí mucho mejor cerrada-, sino apreciar la evolución como artista de esta hija del escritor belga Geert van Istendael: si en el primer álbum se muestra mucho más convencional, en el segundo y a la hora de narrar sus vivencias pretéritas junto a Abú el relato se torna más libre, como si de un cuento contado a una niña pequeña se tratase, y el empleo del texto se reduce frente a una acertada preponderancia de las ilustraciones.



Así, el resultado es un (auto)retrato sentimental por parte de Judith Vanistendael que se suma a la larga tradición formada por tebeos autobiográficos escritos por mujeres, y en la que se encuentran obras de alcance variado como el fundamental Persépolis, Parecer es mentir, Quiéreme bien, Fresa y chocolate, Fun Home, Mi madre era una mujer hermosa, Nacida en cualquier parte, Lobas, Vida de una niña, Alicia en el mundo real o Mi grasa y yo. Sofía y el negro no se cuenta precisamente entre los menos conseguidos de la lista.


Título: Miguel: 15 años en la calle
Autor: Miguel Fuster (guión y dibujo)
Editorial: Glénat
Fecha de edición: abril de 2010
72 páginas (b/n) - 17,95 €


Título: Sofía y el negro
Autor: Judith Vanistendael (guión y dibujo)
Editorial: Norma Editorial
Fecha de edición: marzo de 2010
152 páginas (b/n) - 17 €



(+) Las webs de los autores:
- Miguel Fuster
- Judith Vanistendael

2 comentarios:

  1. El primero es una obra maestra desgarradora. El segundo no lo conozco, así que habrá que pillarlo.

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  2. Anónimo10:31 p. m.

    Invité a Miquel Fuster a una de nuestras comidas frikis de los miércoles y lo cierto es que nos maravilló a todos con su gran personalidad. Por entonces, él aún no sabía quién iba a publicar su cómic autobiográfico, pero nadie dudaba de que sería un exitazo, por lo bien que dibuja y lo crudo del relato.
    Un saludo para Miquel!

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