martes, 8 de julio de 2008

Bodrios que hay que ver: El tren del terror / Noche en el tren del terror

¿Y por qué un programa doble hoy, se preguntarán ustedes? Pues muy sencillo, por cinco razones nada más y nada menos: a) porque los programas dobles de los autocines norteamericanos (o de los pueblos de provincias españoles) eran destino habitual de estos subproductos que aquí comentamos y de otros de semejante calaña; b) porque, no me lo negarán, los títulos de ambas películas se parecen bastante; c) porque cada una de estas dos cintas en cuestión no daría por sí sola ni para medio párrafo, de lo sosas que son (¿o sí?); d) porque la sección es mía y hago con ella lo que me da la gana; y e) a, b, c y d son correctas.



Empecemos con la serie A, con la buena -así que imagínense cómo será la otra-: El tren del terror es una producción de 1980 que, extrañamente, se ha convertido casi en una película de culto para los amantes del cine de terror norteamericano. Y vista hoy esto no se entiende como no sea por motivos puramente coyunturales: el film, debut del director Roger Spottiswoode -luego firmante de películas dignas como Bajo el fuego, El mañana nunca muere o El 6.º día- fue una de las imitaciones más tempranas del Halloween de John Carpenter, el slasher por antonomasia -tanto que hizo uso de los servicios de Jamie Lee Curtis, la protagonista de aquella-, y coincidió en el tiempo con la más exitosa de estas descaradas exploits: la primera Viernes 13.



Además, también fue de las primeras en inaugurar ese subgénero del terror yanqui protagonizado por adolescentes universitarios que se las hacen pasar canutas al friqui de turno para, años después, ver como este (o alguien que le ha sobrevivido: su madre, su hermano, su mejor amigo, su hamster) se las hace pasar canutas a ellos; una modalidad esta que ha pervivido hasta nuestros días con filmes como Un San Valentín de muerte o los recientes remakes Black Christmas o Una noche para morir.



Así pues, el film arranca como no podía ser de otra forma: con una secuencia pre créditos que sitúa el origen del embolao en una fiesta de estas de universitarios que pertenecen a hermandades con nombres de letras griegas y donde los asistentes solo piensan en emborracharse, vomitar y fornicar (y no necesariamente en ese orden). En este marco incomparable, una pandilla de graciosetes liderados por Doc Manley, un joven que pretende ser médico (y es que hay nombres de pila que marcan para siempre) y al que encarna el siempre repelente guaperas chulopiscinas Hart Bochner (que volvería a ser un repelente guaperas chulopiscinas en La jungla de cristal), le gastan una bromilla sin importancia al inadaptado de la clase: haciéndole creer que va a perder la virginidad con la guapa, simpática, agradable y cuasi perfecta Alana (la susodicha Jamie Lee Curtis), lo conducen a una habitación donde en el lecho se encontrará... a un cadáver putrefacto robado de la cámara frigorífica de la Facultad. Qué chispa tienen estos chavales...



Acto seguido salen las letras, con el título de la película, los nombres de los actores y tal, y cuando se quieren acabar el tiempo ha pasado una barbaridad y los protagonistas ya se han graduado y van a celebrarlo de forma original... No, no se van a Australia en helicóptero, pero casi: el bueno de Doc Manley ha alquilado un viejo tren para ellos solos, y ha montado una fiesta de disfraces en su interior, con el obvio fin de facilitar al psicópata de turno el moverse como pez en el agua.



Y así es: el susodicho, que ocultará su verdadera identidad hasta el final del film, asesina en el andén a uno de los jóvenes invitados, y apropiándose de su máscara de Groucho Marx se infiltrará entre los recién licenciados... a los que irá afeitando y depilando hasta tocar hueso.



Aunque, ¿es este acaso el destino más cruel que puedan experimentar estos chicos? Pues no, porque a bordo del tren viaja también David Copperfield, ese prestidigitador que se hizo famoso por hacer desaparecer la Estatua de la Libertad y por casarse con Claudia Schiffer, y que aquí encarna a un mago (qué variedad de registros los de este hombre, ni Robert De Niro) que ha de amenizar el viaje a adolescentes que solo piensan en emborracharse, vomitar y fornicar. Y es que hay cosas que no cambian con el tiempo...



Como podrán imaginar, la película no cuenta nada nuevo: no lo hacía entonces, y vista hoy lo hace aún menos, claro está. Jamie Lee Curtis aporta su oficio, y el veterano Ben Johnson, en la piel del revisor jefe, pasea de un lado a otro del tren bastante despistado, con cara de estar echando de menos los buenos tiempos en los que Sam Peckinpah lo dirigió en filmes como Grupo salvaje o La huida.



Cuando el film se aproxima ya a su final el espectador descubre la verdadera identidad del asesino, y la verdad es que a esas alturas de la película ya no le importa demasiado. Aunque conque el viaje llegue al final y podamos bajarnos del tren y dejar así de ver la cara de pánfilo de David Copperfield, ya nos conformamos.



Pero el subproducto estrella de hoy es Noche en el tren del terror, estrenada en 1985, y olvidada en el mismo año. Seguramente, en la misma noche de su estreno.

La película, en realidad, no tiene nada que ver con la anterior, más allá de que sale un tren y pretende infundir terror. Dos elementos estos de los que solo cumple el primero, porque para sacar un tren solo hace falta tener los cuartos para pagarlo, pero para lo segundo hace falta talento, y los responsables de este engendro no tienen ninguno... como no sea el de despistar al espectador.



Y es que Noche en el tren del terror es una de las películas más marcianas que un servidor haya podido ver en su ya longeva experiencia con marcianadas: el film en cuestión, ríete tú del cine de Peter Greenaway o Alejandro Jodorowsky, cuenta la historia de un tren donde viajan un grupo de adolescentes horteras hasta gritar basta que no hacen otra cosa que cantar y bailar (ya estamos otra vez en plan videoclip, como en Blood Diner o Neon Maniacs, baila que te baila) sin ser conscientes de que el tren los aboca a una muerte segura.



Y es que a bordo de dicho tren se encuentran dos ilustres viajeros: nada más y nada menos que Dios y el Diablo, el primero de blanco y con una barba postiza que ni las de los Papás Noeles de los centros comerciales, el segundo de negro y con una pose que recuerda a los galanes de las telenovelas venezolanas. A ambos, según los créditos finales, los interpretan respectivamente "Él mismo" -como si Dios no tuviera otra cosa que para una vez que baja a participar en un film elegir este precisamente- y "Lu Sifer" (¿lo cogen, eh, eh, lo cogen?).





Pues eso: mientras los jóvenes bailan que te baila, Dios y Satánas discuten sobre el Bien y el Mal, sobre si la raza humana merece ir al Cielo o al Infierno, sobre si las personas son buenas o malas por naturaleza o por educación y demás pamplinas. Para ello, pondrán sobre el tapete tres historias, que o bien deben demostrar una cosa o bien otra, y que en mi opinión lo único que demuestran es lo malo que es el alzheimer o el fumar crack.



Y es que la película puede hacer gala de contar con un guión de Philip Yordan, ganador del Oscar y guionista de obras del cine clásico norteamericano como Johnny Guitar, Lanza rota, El hombre de Laramie, Más dura será la caída, Rey de reyes, El Cid, 55 días en Pekín o La caída del imperio romano. Lo que lleva a un hombre con semejante currículo, que ha trabajado en repetidas ocasiones con cineastas de la talla de Nicholas Ray o Anthony Mann, a perpetrar un relato como el de Noche en el tren del terror es algo que se me escapa, y doy gracias porque esa duda será probablemente lo que me mantiene cuerdo.



Como verán, estamos ante la modalidad de película de episodios, que desde siempre ha hecho furor dentro del género, del film de Roger Corman sobre relatos de Poe hasta el Creepshow de King y Romero que homenajeaba los tebos de EC Comics... pasando por la mítica Doctor Terror de la Amicus, una cinta esta cuya acción también acontecía en el interior de un tren, aunque hasta ahí llegaban las semejanzas entre ambas.



Veamos: la primera historia es el caso de Harry Billings, al que interpreta el recientemente fallecido John Phillip Law. Harry, en su noche de bodas, conduce enloquecido, provocando un accidente de coche en el que fallece su reciente esposa (ya es mala suerte, oye). Este hecho lo lleva a ser ingresado en una clínica psiquiátrica... donde al parecer el personal médico, liderado por el doctor Brewer y su fiel enfermero Otto, llevan a cabo peligrosos experimentos con los cerebros lobotomizados de sus pacientes...



Ahora bien, no me pidan que les explique cómo acaba el relato porque, francamente, no se entiende nada, y juro que no me quedé durmiendo: el nulo dominio de la narración cinematográfica por parte del realizador hace que no sepamos muy bien a ciencia cierta si se nos está contando la historia de forma lineal, si hay flashbacks o bien son saltos temporales o ensoñaciones oníricas o alucinaciones o alguien cambió el canal de ONO y no nos dimos cuenta. Por ahí aparecen la dueña de un bar que es secuestrada por el personal médico -no sé si antes, o después, o si lo sueña, o si la matan o si se salva; no sé nada de nada-, una doctora libidinosa, y un cliente del bar que va a investigar... o sueña que va a investigar, pero al final no va. Esto tampoco me quedó claro.



El segundo relato es quizás más fácil de seguir, aunque tampoco se entiende nada (juro y perjuro de nuevo que no me quedé durmiendo): se trata del caso de Gretta Connors, una chica pueblerina que viaja a la gran ciudad para triunfar en el mundo del espectáculo. Allí, mientras se busca la vida como vendedora de palomitas en una feria, conoce a un hombre adinerado que se encapricha de ella y le compra todas las palomitas. A partir de entonces surge una relación de amor (el amor de él al cuerpo de ella, y el amor de ella a los cuartos de él) entre ambos, y en el curso de la cual ambos se casan (me parece recordar) y él le compra un piano (tampoco tengo muy claro qué relevancia tiene eso, pero yo lo pongo aquí por si acaso).



Pero hete aquí que ella conoce a un chico más joven y más guapo, y ambos se convierten en amantes. Pero el marido se entera e introduce al joven en una serie de juegos mortales al estilo de la ruleta rusa destinados a que un grupo de ricos vivan nuevas experiencias al límite (¿recuerdan la tortilla envenenada de Karlos Arguiñano en Airbag?), que pasan por permanecer unidos alrededor de una mesa en un habitáculo donde han soltado a un extraño insecto africano de picadura mortal y que vuela pese a ser más grande que un doberman, o someterse a una máquina que acaba electrocutando al azar a uno de los asistentes al evento.



Conforme avanza el relato, el joven se percata de que la pobre Gretta estás más allá que acá, y que disfruta con estas experiencias al límite que le facilitan su marido y los amigos de este. De lo que pasa después tampoco me enteré de nada, aunque sí me di cuenta de que cuando hacen falta escenas con efectos especiales los responsables de los mismos usan muñequitos de plastilina sustituyendo a los personajes e imagino que rezando por que nadie se dé cuenta.



Finalmente, la última historia del film es el caso de James Hansen, un hombre que ha escrito un libro donde demuestra que Dios no existe, al mismo tiempo que un anciano superviviente del genocidio judío está obsesionado conque el joven y apuesto señor Weiss no es otro que Dieter, un alemán nazi que sometió a sus iguales a torturas inaguantables en los campos de exterminio.



Mientras a Hansen lo agobian los fieles que lo acusan de hereje, y al pobre anciano no le cree nadie porque han pasado un porrón de años y Weiss está bien lozano, un teniente de policía investiga el caso. ¿Qué caso? Pues tampoco me quedó claro, porque por ahí aparecen y desaparecen multitud de personajes que no vienen a cuento. Y les juro, por enésima vez, que no me quedé durmiendo.



Una vez contadas las tres historias, el tren se estrella -a Dios gracias- y todos los que viajaban en su interior mueren. Pero como a las canciones horteras no hay quién las detenga, acto seguido Nuestro Creador demuestra que todo el mundo merece el perdón y se lleva a los jóvenes bailones, que siguen cantando incansablemente la misma tonadilla para desespero del espectador, a bordo de un tren que viaja sobre unas vías en dirección al Paraíso celestial.



En fin... un engendro inenarrable este que cuenta hasta con cinco directores (!!!) -John Carr, Phillip Marshak, Tom McGowan, Jay Schlossberg-Cohen y Gregg C. Tallas-... un hecho que demostraría su férrea argamasa argumental, en caso de que cada uno hubiera filmado por su parte el material a su gusto y luego lo hubieran juntado al azar, como se componían los poemas dadaístas en las reuniones de Tzara y sus amigos en Zurich, y en cuyo reparto destacan, además del malogrado Law, Richard Moll (en un doble papel: es Otto en la primera historia y James Hansen en la tercera), el veterano Cameron Mitchell (como el policía de la última historia)... y Ferdy Mayne -el conde chupasangre de El baile de los vampiros de Polanski- como Dios. Porque aunque en los créditos digan que no, que es el auténtico Dios, ya les digo yo que no, que me fijé y lo reconocí debajo de la barba postiza.

1 comentario:

  1. Anónimo7:13 p. m.

    La cuestión es que las historias que se cuentan son películas independientes que se remezclaron y comprimieron en dosis de 20-30 minutos y por eso no se entienden nada.

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