jueves, 13 de septiembre de 2007

Kafka en la orilla: El chico de quince años más fuerte del mundo

Después de haber leído Sputnik, mi amor y Tokio Blues, era fácil comprender por qué Haruki Murakami es uno de los escritores de más creciente culto del panorama literario actual. Esta es una sensación que se afianza e incrementa con la lectura de Kafka en la orilla, último libro suyo publicado en España (como el resto, menos La caza del carnero salvaje, por Tusquets) y el más voluminoso junto con Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.



La historia de Kafka en la orilla arranca mostrando una estructura paralela que se mantendrá a lo largo de toda la novela: por un lado se nos cuenta el periplo de Kafka Tamura, un adolescente que en el día de su quince cumpleaños decide fugarse de su casa. Tras el abandono previo de su madre y su hermana cuando él era tan solo un niño, la coexistencia con su padre, un prestigioso escultor con el que no comparte cariño ni ninguna otra emoción, se ha hecho insostenible. De ahí que abandone Tokio y marche a la lejana ciudad de Takamatsu.



Por otro lado Murakami nos presenta a Nakata, un anciano de mentalidad simple que apenas puede desenvolverse en la vida real (no sabe leer ni escribir), y que malvive recuperando gatos perdidos... un trabajo que consigue llevar a cabo con éxito, pese a sus limitaciones, gracias a su único privilegio: puede hablar con los felinos.



El camino de ambos protagonistas, Kafka y Nakata, se cruzará en una biblioteca privada de Takamatsu, regentada por la tan misteriosa como fascinante señora Sakei y por Oshima, su ambiguo ayudante; el primero acudirá allí en busca de refugio y encontrará un trabajo que le permitirá sobrevivir; el segundo, movido por la información que se le facilita en ensoñaciones visionarias, llegará allí con el fin de encontrar la piedra de la entrada.



La literatura de Murakami, y Kafka en la orilla supone un ejemplo diáfano al respecto, es una espléndida muestra de una narrativa tan libre como fascinante, que no conduce a sus personajes de forma mecánica, sino todo lo contrario: son estos los que, pareciendo ser encarnaciones reales con voluntad propia, van construyendo la novela con sus no siempre comprensibles ni lógicas acciones.



De esta forma la parte protagonizada por Kafka Tamura, un joven atormentado por la amenaza de una profecía vaticinada por su progenitor, viene a ser una novela de aprendizaje en la que el protagonista aparece reflejado, pese a su incontestable personalidad y carácter, como un adolescente que no tiene claro todavía su lugar en el mundo. Esto es un rasgo que comparte con Nakata, si bien al primero le ocurre como consecuencia de su juventud y falta de experiencia vital; y al segundo por su minusvalía, el robo de experiencias que ya no recuerda o no le marcan como sería lógico... desde que, siendo pequeño, fuera víctima de un extraño suceso durante una excursión escolar a una montaña.



Debemos señalar que en las relaciones interpersonales que se establecen entre Kafka y Oshima por un lado, y entre Nakata y el joven camionero Hoshino por otro, el autor japonés (que suena ya como firme candidato al Nobel) alcanza uno de los grandes logros de la novela, al dotarlas de gran verosimilitud por más que se presenten salpicadas por elementos fantasmagóricos. Y es que sus páginas pueden recordar, en una fusión musical que parece contra natura pero que sin embargo se ejecuta como una melodía perfectamente acompasada, tanto la silenciosa cotidianeidad de los films del coreano Kim Ki-duk como la liberadora frescura, con una pizca de locura, del anime de Hayao Miyazaki.



Respecto a la presencia de elementos sobrenaturales, que acercan la novela al género fantástico, hay que tener en cuenta la naturalidad con la que la cultura japonesa trata las presencias del más allá, espíritus de toda condición, y que resulta casi incomprensible para el ciudadano occidental, totalmente reacio a aceptar su existencia. De esta forma, por las páginas de Kafka en la orilla deambulan presencias como el fantasma de una niña de quince años que podría ser Saeki en su adolescencia, o ese inquietante Deus ex machina que toma formas tan variopintas como el capitán Sanders del Kentucky Fried Chicken o una enorme serpiente blanca.



No desvelaremos aquí nada más del argumento de esta novela que, pese a la sencillez de su estilo, se presenta inagotable de sugerencias. Sobre todo porque es muy complicado traducir en palabras las sensaciones que despierta la literatura de Haruki Murakami en general y esta Kafka en la orilla en particular: a pesar de sus casi seiscientas páginas, esta novela sobre el fin de la inocencia funciona como una narración de tradición oral que alguien, el emisor, te cuenta a su particular modo, sazonándola a su gusto, deteniéndose morosamente cuando más le interesa y saltándose aquello que menos le importa; y que por lo tanto cada lector, cada receptor, recibirá también a su personal manera. Un servidor, personalmente, les recomienda probar un poco de Murakami: solo así sabrán si son parte de los lectores a los que su particular universo está destinado.


Kafka en la orilla
Haruki Murakami
Barcelona, Tusquets, 2006
592 pp. - 24 €


[Fotografía 8.ª- Haruki Murakami.]

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