jueves, 13 de septiembre de 2007

El ultimátum de Bourne: Culto al cuerpo cinematográfico

En 2002, el estreno de El caso Bourne de Doug Liman supuso un revulsivo para el género del thriller de acción: basada en la novela de Robert Ludlum, escritor llevado a la pantalla grande con anterioridad por dos directores como Sam Peckinpah (Clave: Omega) y John Frankenheimer (El pacto de Berlín), que ya fuera adaptada para televisión con Richard Chamberlain y Jaclyn Smith, ofrecía un magnífico espectáculo visual a partir de las peripecias de un asesino de elite al que le habían arrebatado la identidad, y con ella su memoria del pasado.



El éxito del film fue tal que la secuela no se hizo esperar: El mito de Bourne, estrenada apenas dos años después, contó con la esplendorosa realización de Paul Greengrass, hoy ya reputado realizador y firmante de títulos como Bloody Sunday, Omagh o la aplaudida United 93. El film prorrogaba con acierto el argumento de la cinta original, complicando aún más la trama conspiratoria alrededor de la figura de Jason Bourne, el amnésico protagonista.



Ahora, el cineasta británico repite tras la cámara en El ultimátum de Bourne, magnífico broche final, que ha recogido merecidas críticas elogiosas, para la que (esperemos) sea una trilogía casi perfecta y no una parte más de una franquicia sin fin.



No obstante, al respecto de esta nueva entrega, y a pesar de su indudable empaque, hay que señalar que nunca jamás una película, contando tan poco, entretuvo tanto al espectador. Y no es que las películas anteriores de la saga fueran, precisamente, igual de densas que El Padrino II o Uno de los nuestros; pero es que, narrativamente, El ultimátum de Bourne aporta muy poco más a la historia de Bourne, al que vuelve a interpretar un inspirado Matt Damon.



El argumento del film, escaso en complejidades innecesarias, se basa en la voluntad de pasar desapercibido por parte de Bourne; una intención que se va al traste por la intervención de un periodista que investiga el caso (y al que da vida un ajustado Paddy Considine). A partir de su vuelta a la luz pública, el film se convierte en la vertiginosa huida de Bourne por salvar su vida, al mismo tiempo que prepara su ataque contra los responsables del experimento que le robó su identidad.



Ahora bien, el estilo de Paul Greengrass, desgarrado y esquizoide, con violentos movimientos de cámara y planos brevísimos desde el mismo arranque (algo muy adecuado a la hora de contar la historia de un hombre de identidad difusa y recuerdos fragmentados), convierten El ultimátum de Bourne en una de las películas más trepidantes de lo que va de siglo, un chute de energía cinética de casi dos horas de duración que se pasan en un suspiro, y que agarra al espectador desde el primer momento para no soltarlo hasta la magnífica secuencia final y el inicio de los títulos de crédito.



A destacar que aunque el film muestra un mundo tecnologizado donde el intercambio de información puede ser un arma letal (Bourne es una amenaza por lo que sabe, no por lo que puede hacer), en el que un fax supone tanto peligro como una carga explosiva, su trama, la puesta en escena y -sobre todo- el vertiginoso trabajo de montaje no se olvidan de reflejar la mortalidad del ser humano y la vulnerabilidad de la carne, dando como resultado una cinta cargada de fisicidad.



En cuanto al reparto del film, hay que señalar que la productora, sibilinamente, sabe que debe distanciarse todo lo posible de subproductos del género directos a la estantería del videoclub; para ello otorga papeles relevantes a reputados actores de carácter: así, a Chris Cooper y Brian Cox (ambos presentes en las entregas anteriores) los suplen Scott Glenn, Albert Finney y un magnífico David Strathairn como villano de la función.



Completan el elenco Joan Allen y Julia Stiles, las únicas presentes junto con Damon en los tres títulos; así como un fugaz Daniel Brühl como el hermano de Marie Krutz (a la que interpretara Franka Potente en los films previos), y que gracias a esta y 2 días en París nos hace pensar que se está especializando en trabajar en una sola escena por película en la que interviene. Al respecto, imaginamos que buena parte de su cometido se quedaría en la mesa de montaje: ¿veremos alguna vez un director’s cut no ya de El ultimátum de Bourne, sino de toda la trilogía?



Destacar, finalmente, el estupendo trabajo de Matt Damon, un actor que ha crecido enteros en poco tiempo y que viene construyendo una de las filmografías más atractivas del Hollywood reciente: téngase en cuenta que tres de sus últimas películas han sido de la categoría de Syriana, Infiltrados y El buen pastor. Si a estas sumamos títulos comerciales, como la saga iniciada por Ocean’s Eleven o esta trilogía de Bourne, que además de proporcionarle buenas críticas le aseguran considerables dividendos, es sencillo adivinar que el intérprete es, ahora mismo, uno de los actores mejor situados del panorama hollywoodiense. Y películas como esta de El ultimátum de Bourne lo justifican sobradamente.

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