lunes, 26 de marzo de 2007

Siempre nos quedará Manhattan

Hemos vuelto a ver Manhattan, mítica película donde su director, guionista y protagonista, Woody Allen, realiza una lista de las cosas por las que vale la pena vivir: Groucho Marx, Willie Mays, las manzanas y las peras de Cézanne, el Potato Head Blues de Louis Armstrong, Marlon Brando, Frank Sinatra, el rostro de Tracy (encarnada en el film por una jovencísima Mariel Hemingway)...



Ver y volver a ver Manhattan es sin duda otra de las cosas por las que vale la pena vivir. Y es que aunque siempre cumple con un mínimo de calidad, el cine de Woody Allen pasa últimamente por unos años en los que parece no alcanzar los niveles de grandeza de tiempos pretéritos: muchos todavía esperan que vuelva a repetirse lo que Annie Hall y esta Manhattan significaron para el cine a finales de los 70. Un servidor, que siempre ha comulgado más con esta última que con la oscarizada Annie Hall, ya se conformaría con volver a ver una obra maestra de la talla de Hannah y sus hermanas o de Delitos y faltas. Pero con cada año que pasa, y con cada nueva entrega de una de las filmografías más extensas e interesantes de finales del siglo XX y principios del XXI, estas expectativas se van viendo frustradas.



Desde el mismo arranque, con esos posibles comienzos de novela en voz en off, hasta el final en la estación de tren, Allen demuestra en Manhattan lo frágiles que son los seres humanos emocionalmente hablando: solteros que quieren encontrar a alguien, casados que no son felices con sus parejas, amantes insatisfechos que desean algo más serio y comprometidos oficiales que viven en busca de aventuras que les traigan algo distinto a su vida; todos ellos personas que, como el personaje del propio Allen manifiesta, se buscan preocupaciones banales para engañarse a sí mismos y no afrontar sus verdaderos miedos: la soledad y la muerte.



Esas preocupaciones banales, en realidad, no lo son tanto al parecer de Allen, que siempre ha demostrado un interés por la cultura de sus días en toda su filmografía: del arte pictórico al jazz, pasando por el cine de su admirado Ingmar Bergman. Todo ello (de Van Gogh a Mozart, pasando por Heirich Boll o Norman Mailer) están presentes en el soberbio guión de Manhattan, un libreto que merece verse (y también leerse) repetidas veces. Como el de muchos guiones de este genio neoyorquino, del que no perdemos la esperanza de volver a ver una inmensa, grandísima película.

3 comentarios:

  1. Anónimo3:59 p. m.

    Amigo, apúnteme en su lista de personas que preferimos Manhattan por encima de Annie Hall (lo cual no quiere decir que esta última no me parezca igualmente maravillosa).

    Puede que sea Hanna y sus hermanas, que también mencionas mi tercera favorita. Claro que de su producción desde los 70 al ochenta y tantos me gusta todo... Los primeros 90 rozan ese nivel, la verdad, pero ultimamente no llena tanto. Y eso que sigue estando muy por encima de la media.

    Saludazos!

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  2. Soy más de Annie Hall y sobre todo de Zelig, pero Manhattan es la película más "bonita" de Woody Allen, la más definitiva de su estilo. Me quedo sobrecogido cuando veo ese comienzo, con una Manhattan esplendorosa al ritmo del "Rhapsody in Blue" de George Gershwin; o cuando me emociono con la actuación de Mariel Hemingway...

    Muy importante, sin duda. :-)

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  3. Anónimo11:17 p. m.

    Buen comentario, la verdad... Es una de mis películas preferidas... ¿No podrías subir el guión?

    Gracias...

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