jueves, 27 de abril de 2017

Carretera perdida: La elipsis infinita


En este vuestro blog he escrito sobre Carretera perdida (Lost Highway, 1997) en repetidas ocasiones: "La carretera interminable" y "Carretera perdida: El asesino dentro de mí" son dos de las entradas que le dediqué en su día a esta película de David Lynch. Pero en el año 2009 publiqué con regocijo la nota "La elipsis infinita por fin llega a su fin" con motivo de la recuperación en la web Revista Fantastique del artículo "La elipsis infinita" que le dediqué en el momento de su estreno y que ya había visto la luz en formato impreso en el quinto y último número del fanzine Ghostwood; cabecera esta dirigida por Javier J. Valencia, uno de los principales especialistas en la obra del director de Corazón salvaje y Una historia verdadera en nuestro país, y del que dudo tenga competencia alguna si nos referimos en exclusiva al universo Twin Peaks.




No obstante, cuando esta revista digital pasó a contar con una segunda época, muy pocos materiales de la primera se rescataron, y entre ellos no estaba "La elipsis infinita", que quedó relegado al olvido digital. Pero me alegra poder informarles hoy, dos décadas después del estreno del film y de la redacción de aquel artículo, de que este tiene una segunda (o tercera, o cuarta) vida acogido ahora en la web El Pájaro Burlón... Una resurrección que se debe, de nuevo, a la intermediación de Javier J. Valencia, a la sazón uno de los coordinadores de la página. Así pues, aquí tienen la nueva versión de La elipsis infinita.




Me permito reproducir a continuación los primeros párrafos del artículo, a modo de introducción:

"Este test está compuesto por diez planchas, cada una de las cuales representa una mancha de tinta obtenida por plegamiento, con simetría bilateral. Estas planchas están en blanco y negro, otras en blanco-negro-rojo y otras en color. El sujeto debe interpretarlas en asociación rápida. (...) indica los matices cognitivos y los mecanismos defensivos propios de la personalidad del sujeto analizado".

El fragmento aquí reproducido es parte de lo que la Gran Enciclopedia Larousse editada por Planeta en 1990 dice del conocido Test de Rorschach, que toma su nombre del psiquiatra suizo que lo creó en 1921. Y si aquí aparece citado se debe a que muchos de los trabajos de David Lynch pueden ser considerados en cierta medida como tests de Rorschach, en los que el sujeto analizado que se menciona en la cita precedente sería el espectador, capaz de desarrollar diversas interpretaciones del objeto fílmico. Esta asociación entre dicha prueba psicoanalítica y el cine no es mérito del aquí firmante: el protagonista de 2001. Una odisea del espacio (1968), Keir Dullea, ya comentó lo siguiente respecto al magnífico film de Kubrick: "Siempre digo que 2001 es un test de Rorschach gigante". Pero sí es cierto que esta comparación le viene como anillo al dedo (¿Quizás el anillo de Twin Peaks: Fuego camina conmigo?) al cine de Lynch; sobre todo a películas como Cabeza borradora (1977), la misma Twin Peaks: Fuego camina conmigo (1992), Mulholland Drive (2001), Inland Empire (2006) y el film que nos ocupa, Carretera perdida (1997).

Respecto a esta última, parte de la crítica especializada y casi todo el público han optado por la postura más cómoda: no solo no han establecido más de una interpretación posible, sino que han renunciado a cualquiera de ellas con la excusa de catalogar a la película en cuestión de surrealista. Aquí pensamos que esta consideración no es nada justa para con la labor de Lynch... aunque sea una postura (errónea) promovida por el propio director, que ha repetido hasta la saciedad que si la mayoría de la gente admite que la vida no tiene sentido, también deberían admitir que sus películas no tienen por qué tenerlo a la fuerza.

Y es que las películas de Lynch, aunque habitualmente pobladas por personajes, elementos y/o acciones que (a falta de un término mejor) podrían tildarse de surrealistas, no participan de lo que podríamos llamar surrealismo puro: aquel cuya cabeza visible fue el francés André Breton, y que suponen un objeto artístico (cinematográfico o no) no susceptible de interpretación (al menos, racional) alguna. Esto es: Un perro andaluz (1929), con guión de Luis Buñuel y Salvador Dalí, sí es un film surrealista; Cabeza borradora o Mulholland Drive, no (pueden serlo algunas de sus secuencias, o planos muy concretos; pero las películas en su totalidad, no). Por ello, cualquiera que visione una película como Carretera perdida, sea cual sea su nivel cultural y aunque no le preste demasiada atención, puede adivinar sin demasiado esfuerzo que bajo la extraña apariencia de lo proyectado se esconde una historia más o menos comprensible. Y el objeto de estas líneas es establecer una interpretación de lo representado por Lynch en sus fotogramas.




Para leer el resto del artículo, ya saben: búsquenlo aquí, en su nueva casa, en El Pájaro Burlón.

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