martes, 8 de septiembre de 2009

Bodrios que hay que ver: Hoy especial violaciones

Ya sé que esta sección de "Bodrios que hay que ver" intenta ser por lo general divertida y cachondona, y que un tema como el de hoy no es de lo más apropiado para pasar un buen rato... pero, en fin, háganse a la idea de que si de todo hay en la villa del Señor, más aún lo hay en la villa del cine (es más, ya hablamos en cierta ocasión de esta temática: véase Extremities), e intenten tranquilizar sus conciencias y el latir de sus corazones recordándose una y otra vez aquello de "Solo es una película, solo es una película, solo es una película...".



Precisamente esa fue la frase promocional de La última casa a la izquierda de Wes Craven -cinta de la que hemos visto recientemente un digno remake-, el film que dio el pistoletazo de salida a todo un subgénero: el de las rape & revenge movies (literalmente, "películas de violación y venganza"). Pero la verdadera culpa de todo no la tuvo Craven, ni siquiera Yoko Ono, sino el mismísimo Ingmar Bergman; sí, porque fue el cineasta sueco el que con El manantial de la doncella inspiró al futuro creador de Freddy Krueger y Ghostface para debutar con aquella tremenda historia de dos jovencitas violadas y asesinadas y la posterior venganza por parte de los padres de una de ellas que todavía hoy puede poner los pelos como escarpias.



Además, y no es por justificarnos, no es únicamente Bergman uno de los grandes nombres del séptimo arte relacionados con esta temática: recuérdense casos como Perros de paja de Sam Peckinpah (aunque lo de la violación allí era ligeramente dudoso; recuerden los mohínes de Susan George) o Impacto súbito de Clint Eastwood, en el único film de la saga de Harry Callahan dirigido por el propio intérprete. También merecen atención realizadores como Abel Ferrara y su Ángel de venganza o Gaspar Noé y la brutal Irreversible. Incluso en el cine español podemos encontrar casos como Coto de caza de Jorge Grau, ¡Dispara! de Carlos Saura o el más reciente Bosque de sombras de Koldo Serra.



Hoy arrancamos con una película que podría considerarse como un exploit -tardío, eso sí: se realizó en 1980, ocho años después- del mencionado film de Craven: La casa sperduta nel parco, de Ruggero Deodato, titulada en España Trampa para un violador. Y digo que podría considerarse un exploit porque cuenta de nuevo con David Hess como protagonista y villano absoluto, repitiendo su rol del despreciable Krug de La última casa a la izquierda.



Deodato dirigió esta película el mismo año en que filmaba el film que le lanzaría a la fama y por el que todavía se le recuerda hoy más: Holocausto caníbal. Y es curioso porque este es posiblemente uno de sus trabajos más flojos, recordado más que por su calidad intrínseca por la dureza de sus imágenes y el escándalo que provocó el que muchos se creyeran a pies juntillas como real todo lo que se contaba en aquel falso documental. Películas posteriores suyas como la divertida y muy absurda Bodycount o la potente Cut and Run demuestran que es un realizador cuyo talento está muy por encima de los presupuestos irrisorios con los que tuvo que lidiar.



Pero centrémonos en Trampa para un violador, una cinta también superior a Holocausto caníbal y no del todo desdeñable, y que aparece aquí más por lo envejecida que parece... y porque viene muy al pelo, para qué vamos a negarlo, que porque sea verdaderamente mala. Alguien dijo una vez muy acertadamente que titular a Rosemary's Baby de Polanski La semilla del Diablo era como titular a Psycho de Hitchcock Yo soy mi madre o a The Sixth Sense de Shyamalan Que Bruce Willis está muerto, caramba, pues echaba por tierra todo suspense. Eso le sucede a esta película, porque cambiar por Trampa para un violador el original La casa sperduta nel parco no tiene perdón de Dios, y fastidia la sorpresa final del film (aunque tampoco es que sea nada del otro mundo, la verdad). El cambio, por cierto, desvela el interés morboso de los distribuidores españoles, y recuerda el caso de la magnífica producción hispano-italiana de Francesco Barilli que en Italia se tituló Pensione Paura ("Hotel Terror") y aquí La violación de la señorita Julia (toma, toma y toma).



El film que nos ocupa presenta a Alex, un mecánico que ejerce de criminal y violador en cuanto tiene un rato libre: la acción arranca con una secuencia en la que este despreciable individuo viola y estrangula a una joven que conducía por una autopista de Nueva York en mitad de la noche. Acto seguido, Alex se encuentra en su taller con su amigo Rick, un pobre enfermo mental al que manipula fácilmente y al que conduce por el mal camino.



La historia se complica cuando hacen acto de presencia una pareja de jóvenes de clase alta que se dirigen a una fiesta privada y a los que el motor del coche está fallando. Después de arreglarles el motor, Alex y Rick se autoinvitan a la fiesta... y claro está, el asunto acaba como el rosario de la aurora. Por cierto, ¿cuándo titularán a una película de este tipo precisamente El rosario de la aurora? Yo creo que les va ni que pintado...



La película, como decía, no está mal del todo, y Deodato sabe aprovechar las posibilidades que dan un reparto limitado, un espacio cerrado y una situación angustiosa. Además, la ambigüedad moral de los criminales (en realidad, del pobre Rick, que apenas distingue el bien del mal y es reacio a cometer cualquier violación; no así Alex, un psychokiller que no tiene perdón de Dios) y sobre todo de las víctimas -atención a la calientabraguetas que interpreta la bellísima actriz francesa Annie Belle-, potencia la atmósfera malsana que la película logra transmitir. En fin, que se deja ver...



No sucede así con Los violadores, o al menos no por méritos propiamente considerados como tal. Si puede soportarse un visionado de esta producción española de 1982, conocida en el mercado internacional como Mad Foxes y donde ya es un título de culto, es porque es tan, tan, tan mala y tan, tan, tan absurda que resulta francamente divertida.



El film está dirigido por el español Paul Grau, que firma aquí como Paul Grey en el que es su primera película de una filmografía de dos: al año siguiente realizaría la producción alemana Sechs Schwedinnen auf der Alm -intenten pronunciarlo de una vez y sin tragar saliva-, que solo han visto y votado 26 personas en todo el mundo (véase la ficha de IMDb). Un exitazo rotundo, vamos. Después desaparecería de la faz de la Tierra.



Los violadores es una rape & revenge movie con todas las de la ley... aunque el guión carece de sentido alguno y de una construcción lógica, los crímenes en realidad son dos separados en el tiempo, y cuando el protagonista se venga ya no sabe uno de qué se está vengando, o de si se está vengando, o de si se ha vuelto loco, o si se ha confundido de persona.



Intentemos explicar un poco este galimatías: Hal es todo un macho español, un ligón y un chulopiscinas que va por la geografía española luciendo su coche Stingray (la película se distribuyó en algunos países como Stingray 2, qué cosas) y ligando con jovencitas mientras su mujer no se entera de na (se deduce que tiene mujer porque luego de ligar va a casa y allí se acuesta con otra distinta, pero vete a saber si es la chacha que limpiaba ese día o la vecina que se ha confundido de piso, porque tampoco lo explican).



La primera escena lo presenta llevando a una señorita que celebra que cumple años (diecisiete, creo recordar) a tomar unas copas a un local de dudosa apariencia y donde todo el mundo le conoce (se ve que es asiduo); para más inri, la joven no deja de subrayar su condición de inexperta y temerosa (que no sé yo si se refiere al sexo, a consumir alcohol o a hablar con chulopiscinas). En el transcurso de la velada Hal la emborracha sin nigún miramiento y acaban por salir del bar decididos a pasar una noche de pasión loca... que se tuerce cuando entran en escena una banda de motoristas rockers (o eso dicen en la película, pero tampoco lo tengo yo muy claro) que golpean a Hal y violan a la chica.



Lo que los moteros no saben es que la venganza de Hal será terrible... aunque no se manchará mucho las manos: se presenta en una reunión de los moteros convenientemente acompañado de su mejor amigo, un profesor de gimnasio experto en artes marciales y sus alumnos, que como no podía ser de otra manera les dan una buena somanta de palos a los criminales motorizados... incluyendo la castración bastante explícita de uno de ellos.



Pero hete aquí que el asunto no ha terminado todavía, y los moteros localizan el gimnasio y matan a los karatekas estos con metralletas y granadas de mano (!). Mientras tanto, Hal se dirige a casa de sus padres, que viven en las afueras. En el camino recoge a una autoestopista que abandona alegremente a su último novio al ver el cochazo de Hal (!!). Él, al principio reticente a recogerla, a los dos minutos la invita a pasar el fin de semana con sus padres (!!!), y prácticamente la presenta como su nueva novia...



La película da entonces un giro y se convierte en un bodriete erótico que retrata la tranquila cotidianeidad de Hal, su nueva novia y los padres de él... hasta que los moteros localizan el coche de Hal en el jardín y se vengan matando a sus progenitores -la pobre señora, en silla de ruedas y todo- y al personal de servicio. Sí, aunque la ciudad parezca Madrid los personajes se encuentran una y otra vez como si la acción se localizase en un pueblo del interior de no más de 500 habitantes.



Hasta las narices de tanta sinvergonzonería, Hal se pone las pilas y se venga de los motoristas uno a uno, a escopetazo limpio, incluyendo la voladura de uno mientras está sentado sobre la taza del retrete y el asesinato de una pareja mientras practican el sadomaso vestidos de cuero y cadenas (!!!!... y no sigo porque ya me faltan exclamaciones)...



Pero todavía queda la escena final: Hal regresa a su hogar, donde lo espera su nueva chica -de la esposa, o chacha, o vecina, nunca más se supo-, para descubrir que allí lo espera también el líder de la banda, un neonazi que da más risa que miedo, con un dispositivo conectado a un explosivo. Este führer de pacotilla afirma que podría dispararle, pero que mejor aprieta el botón autoinmolándose y así mueren todos. Y va el tío y lo hace: aprieta el botón. Y se oye una explosión ridícula y empiezan los títulos de crédito.



¿Cómo se les ha quedado el cuerpo? ¿Verdad que no tengo nada más que añadir? Pues hale, paso a otra cosa, mariposa.



Y esa otra cosa mariposa se llama El violador infernal. El título promete, ¿verdad? Promete un bodrio de los que hacen época, y créanme que lo es: estamos ante una producción mexicana de 1988 dirigida por Damián Acosta y protagonizada por Noé Murayama, un galán mexicano-nipón que se las lleva a todas (y a todos) de calle. Sí, porque este hombre no tiene miramientos y lo mismo le da carne que pescado, sobre todo después del pacto que hace con Satán. De ahí lo de infernal...



La película arranca con el ajusticiamiento del protagonista, un criminal peligroso y célebre, en la silla eléctrica. Pero en el momento de su muerte se le aparece el mismísimo Belcebú, cuya apariencia es una mezcla de Carmen de Mairena y la reina de los carnavales de Rio de Janeiro, que le propone un pacto: le devolverá la vida y la libertad a cambio de que renuncie a Dios, no diga que no a cualquier droga que se le ponga por delante y viole a todo ser humano, hombre o mujer, que se le cruce en su camino...



Impresionante, ¿verdad? Pues más lo es el desarrollo de la historia, donde los artífices del film ponen sobre el tapete todos los elementos clásicos del machismo prototípicamente mexicano: los policías son más duros que Charles Bronson y Chuck Norris juntos, las mujeres son todas unas frescas a las que les va la marcha más que a un tonto un lápiz, y los gays son retratados como locazas más blandos que un merengue y más viciosos que el hijo ilegítimo de Maradona y Lindsay Lohan.



De los diálogos, mejor ni hablar, porque hay que oírlos en vivo y en directo para dar crédito a lo escuchado. Y de los efectos especiales... les recomiendo no se pierdan los rayos mortíferos que surgen de los ojos de Satán y del propio protagonista pintados directamente sobre el celuloide. Pa'mear y no echar gota.



En fin, una película tan traumática como una violación real, que hay que evitar de todas todas... salvo que el espectador sea consumidor habitual de estupefacientes tanto o más que el protagonista. Igual así le encuentra gracia y todo.



Nota bene.- Y sí, agárrense: David Alexander Hess, David Hess pa'los amigos, canta y tiene cedés y todo. Si aún veremos más...

[Fotografía: el autor de este vuestro blog con Ruggero Deodato, en el Festival de Cine de Sitges de 2007. © C. Carrasco.]

2 comentarios:

  1. Muy divertida la parte dedicada a "Los Violadores", es una peli tan extraña y delirante que ni todos los signos de exclamación del mundo podrían con ella. Saludazos.

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  2. PD: Efectivamente David Hess canta (o cantaba), suya es la bonita canción que suena al inicio de "La última casa a la izquierda".

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