domingo, 2 de agosto de 2009

John Cassavetes vs. los rostros mecánicos

Mientras se cumplen los cincuenta años del inicio de la corriente cinematográfica que revolucionó el panorama cultural del momento y cambió para siempre la forma de hacer cine -la Nouvelle Vague, por supuesto-, mientras se homenajea a los cineastas ex críticos cuyas películas llevaron el séptimo arte a una nueva dimensión (Truffaut, Godard, Rohmer, Rivette, Chabrol...) y mientras Los 400 golpes y A bout de soufflé se proyectan en filmotecas y están en boca de todos, no muchos parecen recordar que también en ese mismo 1959 John Cassavetes debutaba en el largometraje con la (casi) experimental Shadows y daba inicio, como quien no quiere la cosa, a lo que hoy se conoce como el cine independiente norteamericano.



Pese a la importancia histórica de esta película, protagonizada por actores no profesionales y de (escasa) estructura argumental basada en la improvisación, prefiero al Cassavetes posterior, al realizador que ya se había encontrado a sí mismo y que plasmaba pedazos de vida, dolorosos y veraces, en celuloide. Me refiero al Cassavetes de obras maestras como Opening Night o Una mujer bajo la influencia, también al de títulos menos recordados hoy pero absolutamente indispensables como Así habla el amor (Minnie and Moskowitz), Corrientes de amor o la denostada (y no entiendo muy bien por qué) Husbands. Incluso al Cassavetes que flirtea con el género negro, a su particular manera, en The Killing of a Chinese Bookie y Gloria. No así al que intenta entrar en una parcela, la del cine comercial (y por tanto convencional, un adjetivo que no le pega nada al realizador neoyorkino), donde no le querían: véanse Ángeles sin paraíso (¡con Burt Lancaster y Judy Garland!) o la postrera Big Trouble, una comedia que no parece dirigida por él aunque comparezca Peter Falk, alias Columbo, su actor fetiche junto a Ben Gazzara.



Y, por supuesto, también me refiero al Cassavetes de Faces, posiblemente su obra maestra junto a Opening Night y Una mujer bajo la influencia. Una película que es la cuarta en su filmografía y supone ya la consolidación de un estilo fácilmente identificable, basado en el retrato de gente de clase media o baja, que se mueven como halcones nocturnos escapados de una pintura de Edward Hooper a altas horas de la madrugada, y reflejados en la gran pantalla mediante el uso de una improvisación sibilinamente controlada, una puesta en escena aparentemente libre, un gozoso exceso de primeros planos que nos retrotrae al cine de Bergman, una cámara nerviosa, cambios repentinos de humor, litros de alcohol y muchos cigarrillos.



Faces (y, por extensión, casi todo el cine de Cassavetes) es un milagro cinematográfico, un fragmento de realidad plasmado en la gran pantalla que emociona y agrede a partes iguales al espectador. Los protagonistas, los Forst, son un matrimonio que pasa por un mal momento, una crisis basada en no se sabe muy bien qué (¿discrepancias insalvables, infidelidades imperdonables, una rutina cancerígena?) que queda fuera de campo. Toda la acción acontece en apenas unas horas, en las que el marido (John Marley) le pide el divorcio a su esposa (Lynn Carlin). Horas antes, él ha conocido a una prostituta llamada Jeannie Rapp (Gena Rowlands, esposa y actriz fetiche del realizador) con la que volverá a encontrarse; su mujer acabará saliendo con sus amigas para olvidar por unas horas su situación y conocerá a Chet (Seymour Cassel, otro habitual de Cassavetes), un vividor nocturno. Y a partir de ahí confesiones íntimas, miradas incriminatorias, carcajadas de continuo y lágrimas puntuales que lo salpican todo.



Faces lucha contra la condición mecánica de la gente a la que alude el personaje de Chet hacia el final de la cinta: todos somos en cierta medida seres artificiales que actuamos según lo que se espera de nosotros... El marido insensible, la esposa herida, la prostituta de buen corazón, el ligón simpático. Y si así ocurre en la vida, todavía más en el cine, un cine de tópicos y clichés donde, más allá de su posible calidad, el cine del John Cassavetes director no encajaba de ninguna de las maneras.



Recuérdese, como ejemplo paradigmático de la rabiosa independencia del cineasta, que para poder permitirse rodar esta Faces de 1968 al margen de cualquier imposición externa, el Cassavetes actor se pulió lo que cobraba por su trabajo en cintas tan exitosas como Doce del patíbulo (1967) -que le valió a Cassavetes una nominación al Oscar como Actor de Reparto- o La semilla del diablo (1968). Así, su colaboración con cineastas de la talla de Robert Aldrich o Roman Polanski (o, luego, Brian de Palma o Paul Mazursky) sirvió para desarrollar una filmografía como realizador que no podría haberse permitido de otra manera.



No dejen de ver Faces, una cinta que nos reconcilia con lo mejor del cine norteamericano, y que nos recuerda la grandeza de un director sin el cual hoy no se entendería a cineastas como Jim Jarmusch o Hal Hartley. Además, cuenta con unas interpretaciones magistrales de todo el reparto, sus cuatro protagonistas y los diversos secundarios. Y si Marley y Cassel están perfectos en sus respectivos roles, atención al trabajo de Gena Rowlands y Lynn Carlin, que roza la frontera de lo sobrenatural, y que coloca a Cassavetes en la liga de los mejores directores de mujeres, a la altura de Cukor, Mankiewicz o Almodóvar, este último rendido admirador confeso del autor de Shadows.



Para terminar, les dejo con los rostros, los alegres y los tristes, todos nada mecánicos, de los protagonistas del film; y de regalo con un plano, el final, de la escalera del hogar de los Forst, una de las mejores escaleras de la historia del séptimo arte. Y me voy al cine a ver Transformers 2 a ver si alcanzo a comprender el signo de los tiempos.



















1 comentario:

  1. Enhorabuena por este artículo y por ser el gannador del Juego de las imágenes de cine. Si te pasas por mi blog verás que ya has sido nombrado ganador (y te puedes guardar la imagen y todo si te apetece) jejeje.
    Enhorabuena y gracias por participar
    Nos leemos

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