martes, 26 de agosto de 2008

Bodrios que hay que ver: Timerider

Tenemos que confesar que las películas sobre viajes en el tiempo nos gustan mucho. Tanto que, con motivo del reciente estreno de Los cronocrímenes, la última propuesta del subgénero, llegamos a dedicarle toda una columna al tema. Y es que muy pocas cosas nos gustan más que la trilogía de Regreso al futuro, por poner un excelso ejemplo; pero tampoco le hacemos ascos a clásicos como El tiempo en sus manos de George Pal (esta, basada en la novela que lo empezó todo: La máquina del tiempo de H. G. Wells), experimentos de autor como Le jetée de Chris Marker, películas de culto como Los pasajeros del tiempo de Nicholas Meyer y Los héroes del tiempo de Terry Gilliam, o propuestas tan atrevidas y a contracorriente como Primer de Shane Carruth.



Pero claro, entre una y otra también nos cuelan algún que otro engendro digno de esta sección, y como ya habrán adivinado acto seguido les vamos a mortificar con uno: se trata de Timerider, también conocida como Proyecto Timerider o El jinete del tiempo, una producción de 1982 dirigida en sus ratos libres por William Dear.



El film en cuestión parece tratarse de un proyecto personal -¿cómo será de aburrida y miserable la vida de alguien que hace de algo como esto un proyecto personal?- de Michael Nesmith, que además de producirla co escribe el guión con el director y, de paso y en un ratito que tenía libre, compone la banda sonora original... La cual, por cierto, tiene resonancias guitarreras que recuerdan bastante a las partituras de Ry Cooder para los filmes de Wim Wenders, este sí un director que tiene algo que contar (al menos de vez en cuando).



Pero vamos a lo que vamos: la acción de la película arranca en ese mismo 1982, en el desierto de Nuevo México: Lyle Swann es un motorista conocido en la región por su pericia a lomos de su moto, y en ese momento se encuentra probando su vehículo y preparándose para participar en una carrera. Pero hete aquí que el destino es una cosa muy chunga, y mientras lleva a cabo sus cabriolas se inmiscuye en un proyecto secretísimo del gobierno cuya finalidad es probar la efectividad de los viajes en el tiempo con seres vivos.



El ser vivo en cuestión es una simpática mona llamada Esther, a la que nadie preguntó si le apetecía viajar al pasado (como si vivir el presente no fuera suficiente trabajo para una mona). Pero como no hay demasiada diferencia entre un simio y Fred Ward, el actor que interpreta a Swann, y pese a tratarse de una prueba peligrosísima se da la circunstancia de que todo se estropea por un arbusto que mecido por el viento golpea el botoncito de una máquina -visto lo visto, mejor debieron esperar a un día de sol y calma chicha-, el experimento se salda finalmente con el viaje del corredor a 1877.



La película en cuestión no alcanza los 90 minutos, y créanme que lo interesante... bueno, lo interesante no llega a aparecer nunca; lo que quería decir es que la cosa empieza a aclararse cuando ya llevamos la mitad de la película, y el bueno de Swann, que está a medio camino entre ser un tipo noble y un tonto las tres, no parece enterarse de nada ni percatarse de que ha viajado atrás en el tiempo hasta bien avanzada la acción.



Como verán, la gracia de la película, si es que alguien lo puede encontrar gracioso, es la confrontación entre un motorista vestido de rojo con casco incorporado -vaya, no es este el primer "bodrio que hay que ver" con motorista incluido: recuerden Pesadilla en la playa- y los habitantes del Nuevo México de 1877, todavía un Far West fronterizo y por civilizar que aún no conocía las excelencias de los vehículos a motor.



Como ya imaginarán, Swann y su motocicleta se convierten en el espectáculo de la temporada, y después de un primer momento en el que todo el mundo le teme al considerarlo el mismísimo Satanás llegado a la Tierra, todos pasan a codiciar su milagrosa máquina. Así, el protagonista se ve en medio del enfrentamiento que se produce entre una banda de cuatreros liderados por el malencarado Porter Reese y los habitantes de San Marcos, encabezados por el sacerdote de la región y por la valiente e independiente Claire Cygne, una mujer liberada que tiene tres libros (uno, de Mark Twain) y se acuesta con motoristas desconocidos.



Pasemos al reparto, que quién lo iba a decir está plagado de nombres relevantes (qué malo es tener que pedir, aunque más malo es tener que robar, y lo peor de todo es tener que trabajar haciendo cosas como esta): dejando a un lado a Fred Ward -que se convirtió por aquella época en un héroe de subproductos de lo más bizarros: aparte de esta, recuerden Remo: Desarmado y peligroso- como Lyle Swann, el cast cuenta con Peter Coyote (qué apellido tan divertido tiene este señor) como el malvado Reese; Richard Masur y Tracey Walter como los hermanos Dorsett, sus fieles secuaces; Belinda Bauer (Necronomicon) como Claire, la chica de la película; Ed Lauter como el cura de San Marcos; y el veterano L. Q. Jones (que ya hacía de cowboy a las órdenes de Sam Peckinpah) y Chris Mulkey (Twin Peaks) como el sheriff Potter y su ayudante Daniels.



Esta tontada descomunal -porque aquí no hay más cera que la que arde, y esta soporífera cinta no relata otra cosa que el viaje en el tiempo, cuatro persecuciones, tres tiroteos, una escena de sexo tan gratuita como siempre y el regreso a nuestros días dejando atrás un corazón roto y varios cowboys muertos-, como ya señalamos al principio, está firmada por William Dear, un realizador que puede presumir, aparte de tener un nombre divertido (la traducción sería Guillermo Querido, lo cual nos hace pensar que los años de Secundaria debieron ser muy duros), de haber dirigido joyas como Bigfoot y los Henderson, Agente juvenil (¡con Richard Grieco!) y un par de películas sobre béisbol.



En fin... Este Timerider viene a ser un bodrio sin ningún interés, aburrido y soso hasta decir basta, y consigue que el espectador sienta la necesidad de viajar en el tiempo, como el protagonista de Los cronocrímenes, apenas hora y media en el pasado, cuando todavía no había padecido su visionado para optar entonces por tomarse unas cañas.

1 comentario:

  1. Anónimo2:19 a. m.

    Pues a mi me hizo gracia, aunque de eso hace muchos años, y como que tampoco me emocionaría ahora que me regalaran un spectrum, seguramente volvería a ver la peli, antes que jugar con un spectrum

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