miércoles, 21 de noviembre de 2007

Cassandra's Dream: Crimen y castigo



Con Cassandra's Dream (El Sueño de Casandra), el realizador neoyorkino Woody Allen pone fin -al menos por el momento- a una pequeña parte de su filmografía, que empieza con Match Point y continúa con Scoop, y que podría venir a llamarse su "Trilogía Londinense". Son tres películas en las que el autor de Manhattan se aleja de su querida ciudad natal y centra la acción de sus historias en la capital británica.



Pero no es su ubicación geográfica el único elemento común a las tres películas: todas ellas incluyen uno o varios crímenes, por lo que podrían considerarse como thrillers o muestras de cine negro o de intriga, si bien en Match Point Allen se decantaba por el drama, mientras que en Scoop apostaba por la comedia ligera de intriga con elementos fantásticos.



En Cassandra's Dream, Allen rompe momentáneamente su relación con Scarlett Johansson y el protagonismo de ambos sexos de las dos cintas anteriores, y construye una intriga masculina fácilmente clasificable en el ámbito del cine negro y que se aleja tanto de la frialdad expositiva de Match Point como del humor distanciador de Scoop.



De esta forma, esta cinta protagonizada por unos magníficos Ewan McGregor y Colin Farrell como una pareja de hermanos agobiados por la necesidad de dinero es la película de la "trilogía" más cercana al espectador, con la que más fácil resulta identificarse a este, y que lo implica más cercanamente en el debate moral planteado... que no es otro que el límite de la ambición y lo que uno está dispuesto a hacer -sea más o menos moral, más o menos legal- para conseguir sus sueños.



McGregor interpreta a Ian Blaine, el hermano mayor, que hasta la fecha ha trabajado en el restaurante de su padre, pero cuya ambición lo lleva a pensar en invertir en negocios diversos y marcharse a California. Dicha intención se ve incrementada después de conocer a Angela, una actriz de teatro independiente de la que se enamora y a la que quiere promocionar en el mundo del cine norteamericano.



Por su parte, un espléndido Colin Farrell hace las veces de Terry Blaine, el hermano menor, que trabaja como mecánico en un taller pero que sueña con abrir una tienda de deportes y ser su propio jefe, además de mudarse con su joven esposa a una casa mejor. Lamentablemente, considera que el único modo de conseguirlo es apostar al poker o las carreras de galgos y confiar en que llegue una racha de suerte...



Como siempre cuando tratamos de Woody Allen, el guión es un festín para el espectador, si bien aquí se aleja de los monólogos deslumbrantes y las sentencias ocurrentes y apuesta por unos diálogos precisos y cargados de lecturas que resuenan a distintos niveles, pero sin apartarse nunca de una impecable verosimilitud. No encontrarán en el film ni una sola línea que resulte increíble, inapropiada; las palabras de Allen no parecen escritas a priori, sino creadas en el momento por unos personajes de carne y hueso, puestas en boca de actores tan competentes como McGregor, Farrell o el siempre impecable Tom Wilkinson (inolvidable su trabajo en En la habitación, por ejemplo), que aquí ejerce de Howard, el adinerado tío de los protagonistas al que estos ven como única tabla de salvación posible.



De esta forma, el autor de Hannah y sus hermanas consigue que, al contrario que la Casandra de la tragedia griega -que da nombre al barco de los protagonistas, y por extensión al film-, nunca nos adelantemos a los hechos, cualquier giro de la historia nos parezca creíble y apropiado, y solo pensemos en que los actos criminales tendrán su castigo porque así suele ocurrir, al menos en el mundo de la ficción. Y es que como el hermano mayor le espeta al menor, muchos crímenes de la vida real nunca son descubiertos, y la realidad no es lo que vemos por televisión.



Contemplando la filmografía al completo de Allen, no resulta complicado ver en la portentosa Delitos y faltas, todavía hoy uno de los mejores trabajos de una obra casi incontestable, el germen de Match Point y Cassandra's Dream, dos películas hermanas, y de las cuales la segunda supone una clara recuperación del mejor Allen tras la debacle momentánea que supuso la decepcionante Scoop. Su último trabajo -dicho esto con todas las reservas posibles al hablar del incombustible Woody Allen, que ya debe andar ultimando su cinta barcelonesa con Javier Bardem y Penélope Cruz- es un cuento moral, más radical que los de Éric Rohmer, y que consigue que salgamos del cine con la cabeza llena de preguntas inconcebibles, muchas de ellas sin respuesta por el momento.

[Fotografía 9.ª- Woody Allen en Delitos y faltas.]

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