domingo, 2 de septiembre de 2007

Death Proof: El cine como embaucador

Tras el desmembramiento por parte de la Weinstein Company del programa doble Grindhouse de Robert Rodriguez y Quentin Tarantino, y después de haber disfrutado de Planet Terror, el segmento dirigido por el primero, le ha tocado el turno al estreno español de Death Proof, dirigida por el realizador de Pulp Fiction.



Las similitudes estéticas entre ambas saltan a la vista: por un lado, repiten algunos actores, ya sea interpretando los mismos papeles (Michael Parks, Marley Shelton, unas fugaces gemelas Avellán, aquí sin diálogos) u otros distintos (Rose McGowan, Nicky Katt, el propio Tarantino); por otro, vuelve a emplearse el recurso estético de avejentar el estado de las bobinas, con saltos de eje, devaluación o pérdida del color, rayas e impurezas en la proyección, etc.



Y ahí acaban los rasgos comunes a ambos: donde Rodríguez homenajea (a la vez que parodia) el cine de terror fantástico, subgénero zombi, con mucho sentido del humor y desvergüenza, Tarantino ha optado por acercarse al género del thriller de suspense, versión conductor asesino de serie B o Z, y lo ha hecho intentando asimilarlo al 100%, más que parodiarlo, para poder entrar dentro de dicho subgénero por la puerta grande.



El film, de protagonismo coral, recupera la importancia de la mujer como eje central del relato, después de Jackie Brown y Kill Bill, enfrentando a un espléndido Kurt Russell y a un elenco de mujeres dividido en dos grupos (primero, Vanessa Ferlito, Sydney Tamiia Poitier, Jordan Ladd, Monica Staggs; después Rosario Dawson, Tracie Thoms, Mary Elizabeth Winstead y la especialista Zoe Bell), a los que se suma un elemento independiente (la citada Rose McGowan).



El argumento del film, dividido en dos tiempos separados por catorce meses, es harto sencillo: 'Stuntman' Mike, un especialista de cine experto en escenas de choques y accidentes de coche, vive con una particular psicopatía: matar a mujeres jóvenes y atractivas haciendo uso de su coche (según él, de su madre) como arma letal. Primero se enfrentará a un grupo de jóvenes que planean una noche "solo para chicas" en la casa de campo de una de ellas; después se enfrentará a cuatro amigas que trabajan, como él, en el mundo del cine...



Tarantino, que como siempre ha declarado bebe tanto del cine de arte y ensayo como de las películas exploit, vuelve a materializar su particular amalgama de clásicos del séptimo arte y material de derribo olvidado en las estanterías del cineclub donde trabajó en su juventud para conformar este particular thriller tan reposado en algunos momentos como dinámico en otros: véase, al respecto, las larguísimas conversaciones entre las protagonistas, sobre todo en su primera mitad; y en cuanto a lo segundo, el brutal primer choque del film, repetido cuatro veces, así como la trepidante persecución final.



Y es que, en una entrega más de una filmografía casi sin tacha (no acaba de convencernos Four Rooms, por más que su episodio fuese el mejor del film), el autor de Reservoir Dogs ha sabido dar de nuevo con el equilibrio justo entre la calma y la tormenta, el cine de Jean-Luc Godard y los productos de la factoría de Roger Corman, el reflejo de la cotidianeidad y los tiempos muertos entre amigos del primero con el desparpajo y la acción sin freno del segundo, en una narración que puede citar al cine europeo y a Brigitte Bardot con el mismo desparpajo que el film de culto Punto límite: cero o películas alimenticias de Rafael Romero Marchent.



Así, en un paso más hacia la captura de la realidad (que, obviamente, no afecta a todo el film, ni mucho menos; solo a los segmentos en que así lo quiere su máximo responsable), los diálogos sobre la nada que ya estaban presentes en films como Pulp Fiction o Jackie Brown vuelven a primer plano, pero más depurados todavía, más banales si cabe que en su filmografía anterior.



Un film, pues, particularísimo, como no podía ser menos viniendo de Tarantino y de un proyecto como Grindhouse, y del que cabe destacar, además del empleo de la banda sonora (con genuino rock’n’roll mezclado con temas compuestos para el cine... de otros, claro está, por parte de compositores como Pino Donaggio o el genial Ennio Morricone), una clara reflexión acerca de lo verdadero y lo falso de lo que vemos en pantalla grande: no en vano los protagonistas son profesionales, actores o especialistas, del cine, ese maravilloso (séptimo) arte del engaño perpetrado por embaucadores tan geniales como Quentin Tarantino.

2 comentarios:

  1. Anónimo10:54 p. m.

    Y los bares. No olvidemos la importancia de los bares.

    Patón

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  2. Anónimo8:18 a. m.

    Pues al final me ha gustado mas Planet Terror.
    La chachara de esta se llega a hacer pesada.

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